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23 de janeiro de 2012

Europa anticristiana: las fracturas europeas

Fuente: ¿Qué es el Carlismo? Elías de Tejada y Espínola, F., Gambra Ciudad, R. y Puy Muñoz, F. Escelicer (Madrid), 1971. 22-25.

Las cinco fracturas
La cristiandad muere en tierras de occidente para nacer Europa, cuando ese organismo social se rompe entre 1517 y 1648 en cinco fracturas sucesivas. Son cinco horas de parto y crianza de Europa, cinco puñales en la carne histórica de la cristiandad. A saber:
a) La ruptura religiosa del luteranismo.
b) La ruptura ética del maquiavelismo.
c) La ruptura política del bodinismo.
d) La ruptura jurídica del hobbesianismo.
e) Y la ruptura sociológica que convierte en realidad palpable la rotura definitiva del cuerpo místico político cristiano mediante la firma de los tratados de Westfalia.
Entre 1517 y 1648 nace y crece Europa. Y en proporción inversa al mismo proceso se da el otro: el del agravamiento y la muerte de la cristiandad. Paremos mientes, muy someramente en aquel doloroso alumbramiento, recorriendo sus cinco momentos típicos.

“Ningún libro más claro”
El verdadero padre de Europa es Martín LUTERO. No lo es por la novedad de sus herejías, que ya estaban más que razonadas en John WICLEFF y en otros heresiarcas anteriores. Lo es, porque consigue partir en dos definitivamente la unidad de la fe. Sólo él consiguió nublar en occidente el sol de Roma, enfriando así la cristiandad. Es que, después de LUTERO, desaparecida la unidad de la fe, se ha secado el meollo del organismo espiritual de la cristiandad, que viene a ser sustituido por algo esencial a la idea de Europa: el equilibrio entre diversas creencias coexistentes.
Todo eso se sigue de la tesis del “libre examen”, que LUTERO basa en su convicción prejudicial de que “ningún libro es más claro” que la Biblia. Secuela directa de la instauración del libre examen fue, que en vez de una fe única hubiera parigual consideración de todas las creencias; y que en lugar de la misma visión de los textos sagrados, hubiere tantas interpretaciones cuantos lectores.
El libre examen fue el mecanismo formal de la armonía externa entre las fes diversas de cada uno de los creyentes, suplantando el cuerpo orgánico de la Iglesia, que había servido de columna vertebral a la cristiandad medieval.

“Virtud y fortuna”
Completa la obra Nicolás MAQUIAVELO, desgajando su ética neopagana -fundada en la virtú que es sólo “imperiosa fuerza de voluntad”- de la ética cristiana -centrada en la virtus que es el ascético autodominio sobre los impulsos y apetitos-. Porque, al ser la virtú aquella fortaleza que rinde los sucesos a la voluntad del hombre en un juego de fuerzas estrictamente mecánico, la sociedad resulta constituida en torno a la constelación de energías que predomine cuando este pagano renacido que es l'uomo virtuoso venza la inconstancia de la adversa fortuna.
Porque desde ahí, ya no hay más que una Providencia divina personal que premia o castiga, sino una pagana fortuna, propicia o adversa según la geometría de las estrellas y los mecanismos de los astros.

“Soberanía”
Juan BODINO trasladó el mecanicismo a la política, al establecer como nudo social primero la posibilidad de la obediencia a un príncipe como una neutra relación entre el súbdito y el soberano.
La soberanía -que es válida por sí misma, porque se justifica en la efectividad de un poder neutralizado de todo contenido religioso- acabar en el absolutismo destructor del cuerpo social, en aras de fortalecer el poderío del gobernante. Y de este modo, el orden orgánico de los pueblos de la cristiandad se sustituyó por un nuevo equilibrio de fuerzas sociales, sin otro apoyo que el juego mecánico que en él establezca el cetro todopoderoso de los reyes del despotismo ilustrado, o sea, del absolutismo ejemplar del borbonismo francés.

“Leviatán”
La ruptura jurídica la consagra parcialmente Hugo GROCIO secularizando el intelectualismo tomista. Pero de un modo absoluto quien lo hace es Tomás HOBBES, secularizando el voluntarismo escotista. El derecho es en adelante el sistema mecánico natural de un monstruo, el Leviatán.
El derecho, objetiva o subjetivamente considerado, no será ya más que la regla de los equilibrios humanos, puramente humanos, en los que nada cuenta aquel orden reglado de las proporciones ordenadas, que la escolástica de la cristiandad refería necesariamente a Dios, única fuente agustiniana del orden verdaderamente proporcionado de los seres.

“Corpus mysticum, corpus mechanicum”
En fin, desde los tratados de Westfalia es asimismo mecanicista la marcha de las instituciones políticas europeas. Las relaciones internacionales se configuran como las de un corpus mechanicum, contrariamente a la organización armónica del corpus mysticum que había sido la cristiandad, en la cual propiamente no había tales relaciones inter nationes, porque sólo las había inter gentes.
En adelante ya no habrá una política universal orgánicamente entrelazada de un modo jerárquico, sino que habrá dos políticas, mecánicamente intercurrentes: la “política interior” y la “política exterior”. En la política interior, al absolutismo demoledor de los reyes sucederá o el absolutismo expreso de las democracias rusonianas, o el absolutismo tácito del sistema de frenos y contrapesos mecánicos montesqueiano. Y en la política internacional, desde 1648, el juego de las relaciones entre las potencias será un sistema de equilibrios de alianzas y contraalianzas, nunca lealmente observadas, antes mil veces traicionadas.

Europa contra la cristiandad
Sumariamente descritas estas cinco rupturas que fracturan la ingenuamente supuesta continuidad entre la cristiandad y Europa, que ya hemos criticado, podremos comprender por qué Europa no es otra cosa que la negación de la cristiandad. Basta con describir el contenido de ambos conceptos culturales, para dirimir la cuestión sin lugar a la menor sombra de duda.
Europa es mecanicismo; neutralización de poderes; coexistencia formal de credos; moral pagana; absolutismos; democracias; liberalismos; guerras nacionalistas familiares; concepción abstracta del hombre; sociedades de naciones y organizaciones de naciones unidas; parlamentarismos; constitucionalismos; aburguesamientos; soberanías; reyes que no gobiernan; indiferentismo y ateísmo y antiteísmo: revolución en suma.
Cristiandad es, en cambio, organicismo social; visión cristiana del poder; unidad de fe católica; poderes templados; cruzadas misioneras; concepción del hombre como ser concreto; cortes auténticamente representativas de la realidad social entendida por cuerpo místico; sistemas de libertades concretas; continuidad histórica por fidelidad a los muertos: tradición en suma.
Son, pues, dos civilizaciones, dos culturas polarmente contrarias. Europa es “lo europeo”: la civilización antropocéntrica de la revolución. Cristiandad es “lo cristiano”: la civilización teocéntrica de la tradición.
Europa ha nacido para liquidar la cristiandad. Muchos creen que lo ha conseguido. Y así fuera cierto, de no haber sido por un obstáculo inopinado, naturalmente imprevisible, y por eso razonablemente calificable de providencial, que surgió. Ese obstáculo se llamó y se llama así: Las Españas.

22 de janeiro de 2012

Matizando el concepto de Europa

Fuente: ¿Qué es el Carlismo? Elías de Tejada y Espínola, F., Gambra Ciudad, R. y Puy Muñoz, F. Escelicer (Madrid), 1971. 20-22.

España y Europa
Muchos intérpretes de la historia de España han juzgado que nuestra condición es la de europeos. ¿Motivos? Simples, pero eficaces. Quizá el deseo de eludir problemas acogiéndose a banderas sugestivas en un momento dado. Quizá la pura visión geográfica superficial, que sitúa a la Península Ibérica en el extremo sud-occidental de la Península Europea. No importa mucho. Pero sí importa, y muchísimo, el que quienes así opinaron no cayeron en la cuenta de que cuando se habla de Europa se alude a un concepto cultural que juega al equívoco con el otro concepto, el geográfico, del cual sólo se destaca cuando en vez de decirse “Europa”, se dice “lo europeo”.
El valor cultural “lo europeo”, diferente de la denominación geográfica simple “Europa”, nació, según una interpretación muy extendida (Cfr. por ejemplo, Christopher DAWSON, The Making of Europe. An Introduction to the History of European Unity, Sheed & Ward, London, 1939), en un momento temporal determinado, toda vez que “lo europeo” es producto de la historia y no delimitación de la geografía. Europa sería así la cultura nórdica del noroeste, cultura de tipo franco, que al expandirse fraguó el sentimiento cultural de “lo europeo”, en contraste con las demás culturas en pugna: con la arábiga de la Península Ibérica, con la bizantina anclada en el Mediterráneo oriental, y con las incipientes maneras de baltos, eslavos y fineses.
“Lo europeo” es, así, un estilo de vivir, un tipo de civilización, una concepción peculiar del mundo, que comprendería —además de las gentes geográficamente europeas— a sus prolongaciones en otros continentes, desde el estadounidense y canadiense en América septentrional, al sudafricano en África o al neozelandés y australiano en Oceanía. En esta opinión, la civilización moderna —sellada con la marca indeleble de “lo europeo”— sería la prolongación histórica del ordenado sistema de pueblos que fue aquella cristiandad medieval que, desde los días de CARLOMAGNO, venía girando alrededor del sol del papado y de la luna del imperio.
El Carlismo no acepta literalmente esta interpretación.

“Europa empieza en los Pirineos”
El Carlismo, siguiendo la enseñanza de los clásicos de las Españas áureas, otorga una importancia decisiva a la ruptura del orden de la cristiandad medieval que tuvo lugar al doblar del 1500. Y, en consecuencia, escinde la tesitura cultural de las tierras de occidente en dos modos culturales bien precisos: la moderna civilización europea, hija de tales rupturas; y la pervivencia de la concepción del mundo pertinente a la cristiandad medieval, en cuanto se prolongó en los reinos hispánicos dentro y fuera de la Península Ibérica —desde Manila a Dola, desde Caller a Lima, desde Nápoles a Lisboa—. Porque es imposible unificar en Europa al occidente de los siglos de la cristiandad que los pueblos hispánicos perpetúan, con el occidente del tipo nuevo del “europeo” moderno.
Se ha repetido hasta la saciedad que Europa empieza, o acaba, en los Pirineos. Y ello es cierto, con tal que no se suponga —con el simplismo de un párvulo recién alfabetizado— que después de Europa en los Pirineos comienza África. Pues lo que empieza en los Pirineos es el occidente pre-europeo: una zona en donde aún alientan vestigios tenaces y arraigados de la cristiandad, que allí se refugió después de que fuera suplantada en Francia, Inglaterra o Alemania por la visión “europeizada”, o sea, moderna y secularizada, de las cosas.
Pues es lo cierto, que Europa no nace en el círculo de CARLOMAGNO, restaurador del imperio cristiano en jerarquización orgánica de pueblos, luego continuada por los emperadores germánicos. Europa nace, por el contrario, al conjuro de las ideas llamadas por antonomasia “modernas”, en la coyuntura de romperse el orden cerrado del medievo-cristiano. La Edad Media de occidente desconocía el concepto de Europa, culturalmente entendida como “lo europeo”, porque sólo sabía de su antecesor, el concepto de cristiandad.

“El sol y la luna”
La cristiandad concibió al mundo como agrupación jerárquica de pueblos, entrelazados con arreglo a principios orgánicos en la subordinación al emperador y al pontífice, los dos astros de S. BERNARDO DE CLARAVAL. Y esto fue algo muy real, pese a que tuerzan el gesto quienes desconocen lo que discuten.
Numerosas herejías no inquietaron nunca el cielo teológico a donde alzaba los ojos una multitud transida de fe. Enconadas luchas no obstaron a la unidad de los sentires. Por encima de los nubarrones se encendía la claridad de un ansia de hermandad, azuzada cuando el contraste con los enemigos de Cristo enardecía a los pueblos de frontera, como en Hispania, o a los de tierras centrales hechos cruzados en Palestina. Dentro de la cristiandad, la superioridad del imperio era reconocida por los príncipes, reyes y señores. Dentro de cada señorío los hombres se ordenaban también en escala de gremios, estamentos: en sus calidades nombradas de clérigos, caballeros y populares.
La pax christiana nacía de una fe y una moral comunes, esto es, de dentro de los espíritus, y se garantizaba exteriormente con un encadenamiento de instituciones jurídicas y de sistemas políticos jerarquizados: no de los equilibrios inestables de las alianzas.

(Rafael Castela Santos)

29 de agosto de 2011

Leituras de Agosto - "Europe and the Faith", de Hilaire Belloc



A tese desenvolvida por Belloc neste livro é simples e conhecida, apesar de esquecida nos dias que correm. Convém, pois, recordá-la: na sua essência, a Europa é o resultado directo da cultura greco-romana clássica matizada pelo baptismo cristão que lhe foi ministrado pela Igreja Católica.

Sustenta Belloc que nunca ocorreu uma queda, uma desaparição no sentido literal da palavra, do Império Romano; este último, ao invés, a partir do século V, com o enfraquecimento dos laços centralizadores que uniam administrativamente as diferentes províncias imperiais a Roma, transmutou-se num conjunto de unidades politicamente independentes entre si, porém espiritualmente ligadas a Roma, já não pelo poder militar das legiões, mas pelo elo religioso nelas infundido pela Igreja Católica. E sob o influxo desta última, a Europa conseguirá superar o período obscuro e turbulento que se seguiu à desaparição do poder imperial romano e, a partir do século XI, guindar-se-á a uma nova época de dois séculos, que conhecerá o seu zénite coma Cristandade do século XIII - a Cristandade onde viveu São Tomás de Aquino -, em que mais do que nunca fará sentido o lema tão caro a Belloc: “a Europa é a Fé, e a Fé é a Europa!”

Com o dealbar do século XIV, e por causa daqueles que voluntária ou involuntariamente colaboram com as forças que imprimem um sentido anticristão à História, iniciar-se-á a erosão da Cristandade medieval, que culminará com a brutal ruptura da unidade espiritual europeia provocada pela reforma protestante do século XVI, o primeiro de muitos abalos que a Europa sofrerá na sua essência. Daqui se abrirão as portas sucessivamente à idolatria do poder absoluto do Estado, ao iluminismo jacobino, à revolução francesa, ao liberalismo laico e ao capitalismo desregrado, ao socialismo ateu, à revolução russa e à guerra mundial (este livro foi originalmente lançado em 1920), autênticas antecâmaras da erecção na Europa do Estado Servil ou Tecnocrático animado por uma ideologia anticristã, jacobina e internacionalista, antítese última das ideias de Cristandade e Europa, pois, como Belloc sempre insiste, “a Europa é a Fé, e a Fé a Europa!"

Leitura recomendada, já que - como li algures - conhecer a História é ser-se católico.

P.S. Para além da edição em língua inglesa deste livro, da responsabilidade da “TAN”, existe também uma espanhola, “Europa y la Fe”, publicada pela “El Buey Mudo”.

P.P.S. Este artigo é publicado em simultâneo no blogue “A Casa de Sarto”.