Mostrar mensagens com a etiqueta Liberalismo. Mostrar todas as mensagens
Mostrar mensagens com a etiqueta Liberalismo. Mostrar todas as mensagens
18 de março de 2012
1 de março de 2012
Do Chesterton de língua espanhola - O que é a religião modernista?

De um dos meus livros preferidos do Chesterton de língua espanhola, como lhe chama Juan Manuel de Prada, “Los Papeles de Benjamin Benavides”, deixo abaixo uma das mais bem elaboradas definições da religião modernista que alguma vez encontrei. Sublinhe-se que neste livro extraordinariamente bem escrito, com edição original de 1954 e de leitura simplicíssima como é próprio das verdadeiras obras-primas, o Padre Leonardo Castellani analisa aprofundadamente aquele que foi o seu tema de estudo favorito ao longo da sua vida - o Apocalipse de São João. Num conjunto de diálogos que o narrador, o jornalista argentino Delrey, alter-ego do autor, trava com um rabino sefardita convertido ao Catolicismo, Don Benya ou Benjamin Benavides, Castellani sustenta de modo muitíssimo convincente ser o Apocalipse um livro simultaneamente retrospectivo e prospectivo, no qual é narrada e/ou prevista toda a História da Igreja até ao final dos tempos, que serão consumados com a segunda vinda de Cristo à Terra. Por ora, cinjamo-nos à definição da religião modernista feita por “Don Benya”.
***
"- Qué es el modernismo - pregunté yo.
El judío se rascó la cabeza. Parecía agotado.
- No se puede definir brevemente - dijo con voz plañidera-. Es una cosa que era y no es y que será; y cuando sea, durará poco. Técnicamente los teólogos llaman "modernismo" a la herejía aparentemente complicada y difícil que condenó el Papa Pio X en la Encíclica Pascendi; pero esa herejía no es más que el núcleo explícito y pedantesco de un impalpable y omnipresente espíritu que permea el mundo de hoy. Su origen histórico fué el filosofismo del siglo XVIII, en el cual con certero ojo el P. Lacunza vio la herejía del Anticristo, la última herejía, la más radical y perfecta de todas. Desde entonces acá ha revestido diversas formas, pero el fondo es el mismo, dice siempre lo mismo:
Cuá cuá - cantaba la rana
cuá cuá - debajo del río.
- Y qué dice?
- Cualquiera interpreta lo que dice una rana! - dijo riendo el rabí - es más un ruido que una palabra. Pero es ruido mágico, arrebatador, demoníaco, lleno de "signos y prodigios"... Atrae, aduerme, entontece, emborracha, exalta.
- Pero al menos así aproximado, a bulto;... Ánimo, Don Benya, non se achique!
- El "cuá - cuá" del liberalismo es "libertad, libertad, libertad"; el "cuá - cuá" del comunismo es "justicia social"; el "cuá - cuá" del modernismo, de donde nacieron los otros y los reunirá un día, podríamos asignarle éste: "Paraíso en Tierra"; Dios es el Hombre; el hombre es dios".
- Y la "democracia"? - pregunté yo.
- Es el coro de las tres juntas: democracia política, democracia social y democracia religiosa:
Demó - cantaba la rana
Crácia - debajo del río.
- Y la democracia cristiana? - le dije sonriendo.
- Nunca he entendido del todo lo que entienden los entendidos por ese compuesto, aunque entiendo que se puede entender por él varias cosas buenas - barbotó él -, a saber: "amor del pueblo", "representación popular", "participación de todos en lo político", o simplemente "gobierno bueno" - gruñó el judío-. Con este mixto no me meto; con el simple me meto yo, con el simple! Con la canción de la rana, que significa un régimen político religiosamente salvífico y por tanto necesario y hasta obligatorio para todos los pueblos "núbiles" que decía Víctor Hugo. Lo cual es una simpleza. Y una herejía definitiva contra el vero salvador, contra "el único nombre que puede salvar al hombre", que dijo San Pedro. "las nuevas herejías ponen el hacha no en las ramas sino en la misma raíz" - dijo Pio X en la encíclica Pascendi.
- Pero herejías siempre las ha habido, y algunas muy extremadas y perversas... por qué estas tres de ahora han de ser las Tres Ranas o Demonios; y no quizás otras tres cualesquieras... por ejemplo, otras tres que surjan en el futuro de aquí a mil años, pongamos por ejemplo?
- Eche años! - dice el hebreo con "rictus"-. No, estas son las tres primeras herejías con efecto político y alcance universal; y son las tres ultimas herejías, porque no se puede ir más allá en materia de falsificación del cristianismo. Son literalmente los "pseucristos" que predijo el Salvador. En el fondo de ellas late la "abominación de la desolación"...
- Qué es la "abominación de la desolación"? Tengo entendido que los Santos Padres entienden por esa expresión semítica la idolatría...
- La peor idolatría. Pues en el fondo del "modernismo" está latente la idolatría más execrable, la apostasía perfecta, la adoración del hombre en lugar de Dios; y éso bajo formas cristianas y aún manteniendo tal vez el armazón exterior de la Iglesia".
***
"- Qué es el modernismo - pregunté yo.
El judío se rascó la cabeza. Parecía agotado.
- No se puede definir brevemente - dijo con voz plañidera-. Es una cosa que era y no es y que será; y cuando sea, durará poco. Técnicamente los teólogos llaman "modernismo" a la herejía aparentemente complicada y difícil que condenó el Papa Pio X en la Encíclica Pascendi; pero esa herejía no es más que el núcleo explícito y pedantesco de un impalpable y omnipresente espíritu que permea el mundo de hoy. Su origen histórico fué el filosofismo del siglo XVIII, en el cual con certero ojo el P. Lacunza vio la herejía del Anticristo, la última herejía, la más radical y perfecta de todas. Desde entonces acá ha revestido diversas formas, pero el fondo es el mismo, dice siempre lo mismo:
Cuá cuá - cantaba la rana
cuá cuá - debajo del río.
- Y qué dice?
- Cualquiera interpreta lo que dice una rana! - dijo riendo el rabí - es más un ruido que una palabra. Pero es ruido mágico, arrebatador, demoníaco, lleno de "signos y prodigios"... Atrae, aduerme, entontece, emborracha, exalta.
- Pero al menos así aproximado, a bulto;... Ánimo, Don Benya, non se achique!
- El "cuá - cuá" del liberalismo es "libertad, libertad, libertad"; el "cuá - cuá" del comunismo es "justicia social"; el "cuá - cuá" del modernismo, de donde nacieron los otros y los reunirá un día, podríamos asignarle éste: "Paraíso en Tierra"; Dios es el Hombre; el hombre es dios".
- Y la "democracia"? - pregunté yo.
- Es el coro de las tres juntas: democracia política, democracia social y democracia religiosa:
Demó - cantaba la rana
Crácia - debajo del río.
- Y la democracia cristiana? - le dije sonriendo.
- Nunca he entendido del todo lo que entienden los entendidos por ese compuesto, aunque entiendo que se puede entender por él varias cosas buenas - barbotó él -, a saber: "amor del pueblo", "representación popular", "participación de todos en lo político", o simplemente "gobierno bueno" - gruñó el judío-. Con este mixto no me meto; con el simple me meto yo, con el simple! Con la canción de la rana, que significa un régimen político religiosamente salvífico y por tanto necesario y hasta obligatorio para todos los pueblos "núbiles" que decía Víctor Hugo. Lo cual es una simpleza. Y una herejía definitiva contra el vero salvador, contra "el único nombre que puede salvar al hombre", que dijo San Pedro. "las nuevas herejías ponen el hacha no en las ramas sino en la misma raíz" - dijo Pio X en la encíclica Pascendi.
- Pero herejías siempre las ha habido, y algunas muy extremadas y perversas... por qué estas tres de ahora han de ser las Tres Ranas o Demonios; y no quizás otras tres cualesquieras... por ejemplo, otras tres que surjan en el futuro de aquí a mil años, pongamos por ejemplo?
- Eche años! - dice el hebreo con "rictus"-. No, estas son las tres primeras herejías con efecto político y alcance universal; y son las tres ultimas herejías, porque no se puede ir más allá en materia de falsificación del cristianismo. Son literalmente los "pseucristos" que predijo el Salvador. En el fondo de ellas late la "abominación de la desolación"...
- Qué es la "abominación de la desolación"? Tengo entendido que los Santos Padres entienden por esa expresión semítica la idolatría...
- La peor idolatría. Pues en el fondo del "modernismo" está latente la idolatría más execrable, la apostasía perfecta, la adoración del hombre en lugar de Dios; y éso bajo formas cristianas y aún manteniendo tal vez el armazón exterior de la Iglesia".
14 de fevereiro de 2012
Aristocracia, plebeyos y mundo moderno
Cortesía de Infocaótica
“Yo no sé que va a pasar con el resto de la aristocracia que nos queda. Es decir, yo no sé que va a ocurrir con el predominio de las facultades superiores sobre las inferiores que es lo que configura al aristócrata, dónde irá a refugiarse lo que queda de esta aristocracia; porque la aristocracia es como un don de Dios, que siempre habrá de surgir; lo que no sé es dónde irá a refugiarse.
Los grupos de aristócratas están hostigados por lo que llaman la rebelión de las masas, es decir, por esa especie de epidemia de plebeyismo, esta contaminación y propagación que lo va invadiendo todo sin que se la pueda parar y que tiene a su orden los instrumentos de decisión y destrucción más grandes que haya tenido la historia del mundo, proporcionados por la técnica moderna, entregada al servicio del plebeyismo, de lo bastardo, de lo común, de lo ordinario, y de lo feo. Es como la vulgar caída en manos de una civilización comercial y logrera. El comerciante o mercader no es noble, sino por casualidad, pero de suyo no es noble. Siempre se han distinguido, los nobles de los mercaderes. El fin del mercader es ganar dinero y este fin -el 'lucro intangible'-, es poco noble, porque el lucro no tiene límites. Todas las cosas naturales tienen límites y son perfectas o tienden a la perfección cuando se conforman a su propia naturaleza; y el lucro por sí solo no se limita, y si no lo limitan desde afuera o desde arriba tiende a crecer enormemente, como un abrojal. Por eso siempre el mercader ha estado sometido a una clase superior que, porque los tenía, le imponía sus propios límites. El guerrero, por ejemplo, tenía una moral condicionada a su estado y se podía en consecuencia imponer estos límites. Pero ahora ocurre que el mercader es el que está blandiendo la espada del guerrero; está por encima de todo. El dinero lo dirime todo y el mercader por oficio está destinado al dinero. El mercader lo único que hace es cambiar las cosas, no crea nada. No se trata de que sea o no útil o inútil; humanamente es necesario. Los aristócratas de nacimiento, o los que se han hecho aristócratas por sus virtudes o por sus sabidurías en este mar de plebeyismo que se ha desencadenado en el mundo actual, suponen una vida de sacrificio, una vida heroica, una vida de triunfo sobre las propias pasiones; por eso en la Edad Media era tan considerado un sabio como un guerrero.”
Leonardo Castellani
14 de maio de 2011
Gnostic Economics: compreender o Liberalismo
Crunchy Pope, Part Two: Against Gnostic Economics
In a sense, Locke treats the parent-child relationship as something accidental, a relationship of convenience between beings capable of free exercise of will. The child needs the parents because he is not yet capable of “the Freedom … of acting according to his own Will.” The parents provide nutrition and education during the period of preparation for independence, and the child’s duty to honor his parents is in exact proportion to the care taken for his education. The “bare act of begetting” carries with it no claim to gratitude.
The human body, like the rest of nature, begins as worthless material until it is labored upon by the will of the person whose body it becomes. It is by the action of our will that we develop all of our capacities beyond the merely nutritive. Education is the great labor by which the human species makes of itself something worthwhile, and whatever role the parents play in that education, it can accomplish nothing without the exercise of the child’s will. Hence my mind too attains its worth from the labor that I will to invest in it.
This is the sense in which Locke understands human beings as being their own individual property. All that they are that is of any value results from the labor they exercise upon themselves. Parents are, at best, the enablers of our self-creation, providing us with the material that is nearly worthless until improved by our own efforts.
In short, just as nature and the earth constitute the worthless world whose value lies in what humans can make of it, so too my body and mind are initially parts of that worthless world. It is when my will reshapes all this and turns it into some embodiment of itself that I lay claim to it. The world as given is essentially worthless, and the value things have results from our laboring to make the worthless material suitable to our wishes. It is the will that imparts value both by determining what will make something valuable and by causing that valuable something to be built up in it.
The older Gnostics turned away from the created world in revulsion; the newer Gnosticism turns against it in active opposition. By reducing the terms to world and will, modern Gnosticism more forthrightly declares that the world can only be good if our will declares it such.
On this view it is reasonable to understand our bodies as our own property. It is reasonable to understand the gestating child as the property of the mother as long as it remains part of her body and is far more the product of her labor than of its own. If we view human beings as abstract choosers, wholly equal as such, it is reasonable to view them as only accidentally related to other abstract choosers, such as parents, who are moved by whatever incentives nature has planted in them to help along our project of attaining independence. It is reasonable to understand life and the given world as in themselves negligible, as little to merit gratitude.
All this accords with Benedict’s description Gnosticism:
Human beings want to understand the discovered world only as material for their own creativity…. Gnosticism will not entrust itself to a world already created, but only to a world still to be created.
This means that Gnosticism will always be prepared to sacrifice what is, or “life as we encounter it,” to its vision of the unfettered life of the will, and to deny the reality of whatever places limits on our choices, such as the normative principles built into intergenerational relationships or into long-term sustenance of productive soil. Modern Gnosticism, under the guise of worldliness, is more thoroughly and intransigently world-negating than its ancestor.
As Benedict observes, this vision of the person confronting the world sets us in a new total antagonism to the created order:
Previously human beings could only transform particular things in nature; nature as such was not the object but rather the presupposition of their activity. Now, however, it itself has been delivered over to them in toto. Yet as a result they suddenly see themselves imperiled as never before.
Christianity, by contrast, recognizes the created order as a gift:
The fundamental Christian attitude is one of humility, a humility of being, not a merely moralistic one: being as receiving, accepting oneself as created and dependent on “love.” … The doctrine of redemption is based on the doctrine of creation, of an irrevocable Yes to creation…. Only if the being of creation is good, only if trust in being is fundamentally justified, are humans at all redeemable.
If we do not recognize the created order as harboring a goodness that comes to us from outside and makes claims upon us, we can recognize nothing as good except what is said to be so by our own act of valuing. Only if we are not the source of all value can we embrace the possibility of redemption.
Thus faith in creation is not (as modern theology too often treats it) “devoid of anthropological importance.” The question of creation, and of whether the creation and the Creator deserve our love and gratitude, goes to the very heart of what it means to be human, of what it means to be a laboring being, of what constitutes wealth and prosperity and an economy consonant with human aspirations and the human good.
6 de maio de 2011
Uma Sociedade de Desejos e Impulsos
Dos arquivos d'O Pasquim da Reacção
E pela mesma razão ambos observam o Cristianismo como inimigo a ser conquistado e dominado pela vontade dos governantes, como se observa pelo cesaropapismo britânico fundamentado por Locke e pelas nacionalizações religiosas dos comunismos que se verificaram por esse mundo fora. Tanto o Comunismo como o Liberalismo têm perfeita consciência de que só sobrevivem numa sociedade de impulsos e desejos e em que toda a repressão é injustificada. Prazer e Dor, Desejo e Satisfação, são os elementos essenciais dessa sociedade suinizada de resposta a impulsos. Qualquer apelo à Virtude, à medida do Homem que proporciona acesso a bens não quantificáveis e qualitativos, é por isso banido por extra-subjectividade. O epíteto “fascista” deixou o significado original de movimento político de massas, para se dizer daquele que não acredita que o indivíduo-átomo é o destinatário final de toda a política. Qualquer pessoa que se recuse a aceitar que os laços humanos são mais importantes que uma individualidade possessiva, que não tem outra finalidade que não seja a total plasticidade do Homem para obter uma total submissão ao poder e ao tempo, quebra a grande premissa de Comunismo e Liberalismo: que devemos todos estar juntos (comunismo) ou separados (liberalismo) para que possamos no fim caber nessa orgia de auto-satisfação do ponto-ómega do Progresso ou da sociedade em que cada um vê satisfeitas as suas necessidades.
Etiquetas:
Adulação,
Catolicismo,
Comunismo,
Consumismo,
Dignidade Humana,
Economia,
Estado,
Fascismo,
Liberalismo,
Libertarianismo,
Mercado Livre,
Modernidade,
O Corcunda,
O Pasquim da Reacção,
Sociedade
26 de abril de 2011
Uma série de perguntas sinceríssimas para os austro-libertarianos.
Para quem acompanha o debate distributista/austro-libertariano a partir do banco e fora das quatro linhas, inquiro-me, logo-logo ao princípio, sobre o axioma dos alunos de Mises. Pode a 'liberdade' (de mercado e não tão-somente) ser um primeiro princípio absoluto? Por definição meramente lexical, não pode. É-se livre apenas quanto a algo (e como vivemos num universo de causas e efeitos e checks-and-balances, ficamos dependentes de outro algo ao libertarmo-nos). Logo, é um termo relativo.
No mínimo, redunda em question-begging. Liberdade, pois, quanto a quê ou a quem? Dirão, se estou certo, que falamos da liberdade quanto ao Estado ou a qualquer outro organismo de regulamentação da economia. Ficamos, assim, com uma anarquia de mercado, em que a sacralidade da propriedade privada é, no fim, o único imperativo, tornando-se na solitária directiva da lei positiva e minárquica do austro-libertariano.
Todavia, sem Estado e sem aparelho judicial ou policial centralizados, impõe-se a dúvida sobre como agir se essa propriedade privada for violada. Quem ditará o que constituirá a agressão e quem aplicará qual pena? Dependerá de cada suserano capitalista e dos seus vassalos voluntaristas constituí-la e decretá-la? Poderá ser moral a execução de um servo que se atreva sobre as maçãs da gleba? E se não, porquê e sob qual tábua de valores?
Antevejo o segundo-emendismo americano que tanto abunda entre anarco-capitalistas; porém, isso não responde ao que fazer se uma possível agressão, suponhamos, nacional e massificada, vinda de fora por certo país que ainda viva no paradigma colectivista - que acaba por ser todo aquele que não o imaginado por Rothbard - munido de um exército não-privado, mas estatal, concentrado, hegemónico. Parece-me um salto de convicção kierkegaardiana demasiado fideísta o confiar-se de que todos esses monopolistas com alta segurança privada a seu dispor se coligassem numa erupção espontânea de subsidiaridade e solidariedade para combater o invasor. Pelo menos não aconteceu assim no tempo dos Founding Fathers. Assim que a pirataria na costa americana encetou, logo uma marinha foi prontamente comprada, constituída e - pecado dos pecados! - federalizada.
A minha especulação leviatânica vale o que vale e decerto que poderia ser muito mais abreviada. O que tento saber é como ultrapassar o aparente oxímoro axiomático de quem escolhe o seu primeiro princípio ideológico na liberdade de mercado (In pricipio erat Mises...). Pois ao eliminar toda a autoridade legal e qualquer padrão unívoco que proteja o livre-mercado parece-me que se extingue todo o consenso concreto moral que o afirme e defenda e que condene quem o negue. Ou seja, absolutizando o austro-libertarianismo corre-se o sério perigo de se aniquilar o austro-libertarianismo.
19 de abril de 2011
O Contrato Voluntário
No Pasquim
Numa sociedade meramente voluntária, onde não existe um momento constitucional com aceitação de princípios superiores às expressões de vontade dos indivíduos, mas a formação de vários contratos associativos, tudo vale, não existindo princípios de justiça que sobrevêm à sucessão de contratos e a vontade de ambos fôr a única forma vinculativa, existe a possibilidade de destruir a condição da outra parte para dessa forma conseguir obter termos mais vantajosos para o próprio. Onde não existam princípios de justiça superiores e que precedam o acordo entre as partes, a própria existência do outro enquanto realidade política pode ser discutida. O não-reconhecimento de outros seres humanos como possuidores de direitos políticos não só é uma questão meramente voluntária e individual (liberdade de consciência), como até uma possibilidade remota. Se a própria formação da associação política prevê a possibilidade de negar a humanidade a outras pessoas e a agir em conformidade, fazendo um contrato de desigualdade gritante (a troca de um pão ou de um direito de passagem por um terreno pelo trabalho de uma vida), toda a loucura é permitida.
Defender, porém, o inverso, ou seja, que todos têm a possibilidade de retirar dos contratos por acto da sua vontade, é destruir qualquer possibilidade de vida em comum entre as pessoas, valendo qualquer contrato o mesmo que nada. Mas e o credor não tem o direito de pedir a restituição daquilo que foi dado?
É por isso que o liberalismo tem como problema essencial a aceitação obrigatória dos pressupostos que permitem a liberdade (inviolabilidade da propriedade). E por isso que o princípio da auto-determinação que Rousseau postulou como forma de oposição ao liberalismo é incompatível com todas as formas de propriedade liberal. Marx percebeu isso muito bem. Pelos vistos os liberais não.
15 de abril de 2011
Distributismo na Blogosfera
O gosto ou deleite é o sentimento que brota da alma, quando contemplamos o belo, o qual é objecto de estudo da estética.
Amor é o apetite que nasce dentro de nós, sempre que se vê o bem. Chama-se ética a ciência que analisa este atributo.
O êxtase é o arrebatamento que vivemos de cada vez que a nossa inteligência alcança a verdade. Cumpre à ontologia defini-la.
A verdade, a bondade e a beleza do Ser têm um carácter de universalidade e de necessidade absolutas e são, por isso, perfeitamente objectivas. Só se captam se virmos o Ser na sua unidade transcendente.
A unidade do Ser provoca no nosso espírito uma sensação de equilíbrio, dá-lhe a justa proporção das coisas. Quando esta harmonia se rompe e nos esquecemos que o Ser possui determinada multiplicidade (contra o que afirma o racionalismo), ao mesmo tempo que apresenta certa unidade (o que é negado pelo empirismo), torna-se inútil buscar o que ele tem de verdadeiro, de bom e de belo. Com efeito, quer o empirismo, quer o racionalismo são incapazes, isoladamente, de perscrutar, por forma satisfatória, os deslumbrantes horizontes da metafísica.
Os princípios de identidade, de causalidade e de finalidade, que reflectem os atributos transcendentais do Ser, estes primeiros princípios metafísicos encerram, como se verá melhor, a condenação dos sistemas económicos dos tempos modernos. Há quem prescreva, como remédio para este mal que se arrasta, parecendo que se eterniza, aquilo que designam por terceira via e que mais não é do que a confusão do sincretismo. Quanto a mim, só na tradição se acha resposta adequada a este candente problema. E não falo em tradição por nos devolver um modelo que precedeu socialismo e capitalismo: isso atirava-nos para os braços do conservadorismo, que nunca deixa de ser grosseiro uma vez que é relativo. Eu remeto para a tradição, porque ela transporta, in se, a carga preciosa dos valores ônticos que se impõem ao nosso entendimento e ao nosso querer.
É sobre esta base que importa reconstruir o edifício económico, tão danificado por sucessivos abalos. Essa tarefa repousa em pontos muito inequívocos.
Analisemos pois o fenómeno, segundo os ditames da Tradição:
Donde provém a riqueza? --- Dos bens existentes e do trabalho realizado pelo homem. Falhando um destes elementos, não há riqueza.
A natureza, tal como o homem a encontra e em cujo processo de transformação não interveio nem intervém, constitui a causa material extrínseca da riqueza; o trabalho é a sua causa formal; o produto deste trabalho utilizado para novas transformações dá-nos a sua causa instrumental eficiente; o sujeito, que trabalha, tem a nobilíssima dignidade que cabe a toda a causa eficiente principal; e o bem-estar material do homem, ordenado à sua perfeição espiritual, proporciona a causa final.
A causa material extrínseca e a causa instrumental eficiente preenchem o conceito vulgarmente designado por capital. Mas porque não se pode precindir de nenhuma das causas acima enunciadas sob pena de não termos riqueza --- a própria causa final tem de se fazer sentir, mesmo desvirtuada, visto que «omne agens agit propter finem» (1) ---, somos forçados a concluir que capital e trabalho são indispensáveis na produção de qualquer bem económico, sem nunca esquecer a altíssima condição de quem é seu agente: a pessoa humana, categoria máxima de toda a realidade que aqui tratamos.
Pondo de parte o homem e o trabalho por ele desenvolvido, assim como o aspecto teleológico da produção de bens económicos, os outros factores de riqueza --- e que, em si mesmos, já são riqueza --- constituem aquilo a que se chama património.
O património é a face estática da riqueza. Esta, no seu aspecto dinâmico, toma o nome de rendimento.
O rendimento assume quatro modalidades: salário, quando é a remuneração da actividade exercida pelo trabalhador; juro, se é contrapartida daquilo que o capitalista investe; renda, quando corresponde a valores económicos na raiz de cujo desenvolvimento se situa a propriedade sobre imóveis; lucro, se é a paga dos bens devidos ao empresário, no meio da incerteza que este suporta. Todos estes agentes --- trabalhador, capitalista, proprietário ou empresário --- todos eles (e convém não perder de conta que nada impede a reunião, na mesma pessoa, de mais de uma daquelas qualidades), todos, sem excepção, impulsionam as mudanças que se dão no circuito económico e, por esse facto, merecem ser compensados através de créditos.
Para um juízo ético sobre tais formas de enriquecimento, é indiferente a distinção. Não há necessariamente qualquer desordem nelas: todas são legítimas desde que se observe uma correcta proporção entre aquilo que se presta e o que se acumula; e qualquer delas é imoral, se esse equilíbrio se desfaz.
Exposto isto, detenhamo-nos um pouco mais sobre o laço que une capital e trabalho:
A sua união é tão estreita que não conseguem existir um sem o outro. O insuspeito Marx não duvidava reconhecer que «o trabalho não é a única fonte (...) da riqueza material» (2) e logo, invocando William Petty, acrescentava que «o homem é o pai dessa riqueza e a terra é a mãe» (3). Noutro lugar da mesma obra, afirma que é impossível «produzir botas sem cabedal» (4) e que «(...) hoje, como no primeiro dia da sua aparição na cena do mundo, o homem é obrigado a consumir antes de produzir e enquanto produzir.» (5)
O trabalho, isolado do capital, é como o escultor que nada cria, porque o separaram da pedra bruta, da qual devia sair, com vida, a estátua sonhada. Por outro lado, de que serviria o capital, se não desse frutos? E como daria frutos, sem uma aplicação? E para quê aplicá-lo, se não fosse trabalhado?
É pois o trabalho que dá forma ao capital, mas, sem este, o trabalho também não teria onde actuar. Cindir trabalho e capital é o pecado ontológico levado ao campo da economia. No domínio do pensamento, a ruptura da unidade do Ser provocou os erros do empirismo e do racionalismo, correntes que se perfilam numa relação de antagonismo, sem encontrar remédio por mais que o procurem, porque cada uma delas está amputada do que a outra tem.
Em economia, essa quebra de harmonia trouxe-nos as falácias do capitalismo, a que se opuseram as utopias socialistas.Nenhum destes modelos se pode oferecer como solução alternativa. As promessas de salvação, como as apregoam, são de realização impossível. Ambos se revelam incapazes de brindar os povos com a felicidade que anunciam. A estrutura de um e de outro padece de um gravíssimo vício de origem --- a já assinalada falta de unidade ontológica.
Este duelo há-de prosseguir enquanto os filósofos voltarem costas á lição perene da escolástica e os políticos ignorarem o exemplo das corporações medievais, experiência que mereceu os mais rasgados elogios a próceres do comunismo, que não ocultaram as excelências daquele sistema laboral (6). O confronto só acabará quando se operar a integração do elemento formal no elemento material da realidade económica.
Regressamos, assim, ao ponto de partida: a riqueza é o produto do capital informado pelo trabalho. A sua distribuição, portanto, tem de passar por estes dois factores e contemplar todos os agentes económicos envolvidos no ciclo da sua produção.
"As coisas são de quem nelas trabalha", tornou-se num estribilho que não é invulgar ouvir no grémio socialista. Esta ideia constitui mesmo um dos pilares da sua doutrina. É uma sentença que encerra alguma verdade. Porém, tal como está enunciada, deixa a impressão de que só quem trabalha é dono das coisas que trazem a marca do seu esforço activo.
De qualquer modo, a frase citada é frequentemente proferida. Bastante defeituosamente, mas é. Ao menos, seria razoável esperar uma atitude de coerência por parte dos seus autores. Mas nem isso acontece. Quando a gente conta que eles surjam a censurar as mais-valias, repudiem heranças, recusem doações, enfim, virem costas a todo o tipo de liberalidades, é vê-los cada vez mais sôfregos de bens que não derivam de trabalho por eles realizado. Agarram-se gulosamente à riqueza que vai ter com eles e para cuja produção não mexeram um dedo; e negam-se a repartir lucros por todos quantos interferem na génese dos proventos que lhes tocam. Impávidos na teoria económica que soltam das suas bocas enganosas, não vêem consequências de maior por afirmar que as coisas são de quem nelas trabalha, pois, nisto de dividir, o quociente nem sempre é o mesmo --- quando chega a altura só os privilegiados aparecem no divisor.
Não lhes chamemos poços de ganância. É uma injustiça! Eles são os novos franciscanos. Não estão famintos de dinheiro: o que têm é que os seus hábitos de vida traduzem um estilo novo de entender a grandiosa ascese escondida na regra humilde do poverello de Assis.
Por banda do capitalismo, assiste-se ao culto da liberdade de mercado. Mas a liberdade, de que falam, é a que permite o triunfo saído de um jogo de forças, que se chocam dentro do maior relativismo de valores e em condições muito próximas, pela sua correspondência e pelo que têm de equivalente, às vividas na lei da selva.
Os descamisados, que o liberalismo económico gera, vão engrossando as fileiras do exército de reserva industrial, um dos pontos de apoio da estratégia marxista que, naqueles deserdados da fortuna, cheios de revolta tantas vezes justa, descobriu uma força difícil de parar, da qual se serviu para a concretização dos seus propósitos.
Uns e outros --- socialistas e capitalistas --- idolatram, com o mesmo fervor, o metal luzente. No socialismo, temos um regime penitenciário, onde, debaixo da ameaça do chicote, se anda por caminhos previamente definidos e só por aí. O capitalismo, aparentemente, dá outra soltura até que o assalariado percebe que tem de aceitar as condições de trabalho oferecidas, sob pena de nem isso conseguir e morrer à míngua de sustento. A sujeição é de diferente espécie, mas é do mesmo grau --- viola brutalmente os direitos da pessoa humana.
Desenganemo-nos: só se avançará na justiça social com o regresso à ordem tradicional, porque é a única que está de acordo com a natureza das coisas!
Joaquim Maria Cymbron
________________________________
S.Tomás de Aquino --- Summa Theologica I, q. 44, a. 4.
Karl Marx --- O Capital, I, Delfos, 7.ª ed., p. 21.
Ib.
Op.cit., p. 103.
Ib.
Karl Marx: «As leis das corporações da Idade Média impediam metodicamente a transformação do mestre em capitalista, limitando por éditos rigorosos o emprego de artífices que não pertencessem ao seu ofício. A corporação guardava-se igualmente com um zelo ciumento de toda a incursão do capital comercial (...). O comerciante só era suportado a título de retalhista, podia comprar todo o tipo de mercadoria, exceptuando o trabalho. Quando circunstâncias exteriores necessitavam de uma progressiva divisão do trabalho, as corporações existentes subdividiam-se (...) ou então formavam-se novas corporações ao lado das antigas, sem que ofícios diferentes fossem reunidos na mesma oficina. A organização corporativa excluía portanto a divisão manufactureira do trabalho, embora desenvolvesse as suas condições de existência, isolando e aperfeiçoando os ofícios. Em geral, o operário e os seus meios de produção ficavam soldados um ao outro como o caracol à sua casca.» (Op.cit., p.225). Mais adiante, lê-se: «(...) o aparecimento do capitalista apresenta-se como resultado de uma luta vitoriosa contra o poder senhorial com as suas prerrogativas revoltantes, e contra o regime corporativo com os entraves que punha ao livre desenvolvimento da produção e à livre exploração do homem pelo homem.» (Ib., p.443). Continuando, diz aquele autor: «A classe assalariada, que surgiu na última metade do século XIV não formava então, como no século seguinte, mais do que uma pequena parte da população. A sua posição estava fortemente protegida, nos campos, pelos camponeses independentes, na cidade pelo regime corporativo dos ofícios. (...). Uma grande parte do produto nacional, transformada mais tarde em fundo de acumulação capitalista, entrava ainda então no fundo de consumo do trabalhador.» (Ib., p.459). Já no ano de 1848, Marx anunciara que os proletários «tentam recuperar pela força a posição perdida do artesão da Idade Média.» (MANIFESTO DO PARTIDO COMUNISTA, Publicações Nova Aurora, Lisboa, 1976, p.53). Posteriormente, o seu indefectível amigo e companheiro na fundação do socialismo científico, vem depor como segue: «A indústria do artesanato medieval, local e corporativo, impossibilitava a existência de grandes capitalistas e de operários assalariados por toda a vida, tal como os cria, necessariamente, a grande indústria moderna, o actual desenvolvimento do crédito e a evolução correspondente das formas de troca, a saber: a livre concorrência.» (ANTI-DÜHRING, Edições Afrodite, 2.ª ed., p.185).
JMC
PUBLICADA POR JOAQUIM M.ª CYMBRON
Etiquetas:
Capitalismo,
Concorrência,
Distributismo,
História,
Idade Média,
Joaquim M.ª Cymbron,
Liberalismo,
Marxismo,
Mercado Livre,
Movimento Legitimista Português,
Tradição
14 de abril de 2011
4 de abril de 2011
Concorrência - visão histórica
O que é o Distributismo?
Por Thomas Storck
Por Thomas Storck
"Na Idade Média as corporações profissionais, exemplo perfeito das instituições católicas, frequentemente limitavam a quantidade de propriedade que cada dono/trabalhador podia ter (por exemplo, limitando o número de empregados), precisamente no interesse de evitar que alguém expandisse demasiado o seu negócio levando outros à falência. Porque se a propriedade privada tem um objectivo, como Aristóteles e São Tomás diriam, ele é assegurar que cada homem e a sua família possam levar uma vida digna, servindo a sociedade. Uma vida digna, e não duas ou três. Se o meu negócio me permite sustentar-me a mim e à minha família, então que direito tenho de o expandir, privando outros do meio de se sustentarem e às suas famílias? Pois os medievais viam aqueles que se dedicavam à mesma actividade, não como rivais ou competidores, mas como irmãos empenhados no importante trabalho de providenciar ao público bens e serviços necessários. E como irmãos uniam-se nas corporações, tinham padres para rezarem pelos seus mortos, apoiavam as viúvas e órfãos, e de modo geral olhavam pelo bem-estar uns dos outros. Quem é que não é capaz de admitir que esta concepção de sistema económico é mais conforme à fé Católica do que a ética selvagem do capitalismo?"
Se hoje em dia não podemos ter uma visão tão limitada do empreendedorismo, quem nos diz que boas soluções não podem ser retiradas deste esquema? Numa sociedade em que as profissões se protegessem, seria necessário dotar o cidadão da responsabilidade de se abrigar no seio da sua corporação profissional ou prosseguir desassociado dela, plenamente consciente dos seus riscos. Cidadãos conscientes e responsáveis, autonomia e espírito de comunidade - em vez da acção cruel do Estado Social, engolindo tudo à sua passagem e escravizando trabalhadores e empresários à sua passagem.
Etiquetas:
Capitalismo,
Catolicismo,
Concorrência,
Corporações e Ofícios,
Distributismo,
Economia,
Estado,
Estado Social,
História,
Idade Média,
Liberalismo,
Socialismo,
Sociedade
Apresentação - Manuel M. Rezende
Há uma certa arrogância num blogue sobre doutrina económica. Especialmente quando autores desse blogue não são licenciados em Economia - aliás, nem sequer frequentam o curso. O Distributismo tem sido atacado por esse prisma um pouco por todo o Mundo - é uma teoria demasiado querida por filósofos, historiadores, juristas, engenheiros, etc. Isso explica-se facilmente: a ideia de uma doutrina económica sustentada nos valores da Igreja atrai vários tipos de pensadores. O Distributismo pugna por valores sociais e isto é especialmente importante para os católicos que vêem com clareza o desabar das antigas instituições ocidentais e o desmoronamento do nosso edifício moral.
O desaparecimento da Família afecta especialmente a nossa comunidade - as famílias cada vez menos têm hipótese de se sustentarem autonomamente, recorrendo cada vez mais ao endividamento. A propriedade familiar torna-se, frequentemente, num espólio desprezado e tido como empecilho. A família já não se desenvolve organicamente: a educação dos mais novos é entregue completamente a estranhos ou ao Estado, sucedem-se os casos de vários empregos por pessoa no seio da família nuclear. Quando as prioridades dos pais não estão obsessivamente ligadas ao bem-estar, então estão toldadas pela Providência Social, as famílias deixam de ser locais de aprendizagem e exemplo, uma vez que os próprios pais são sustentados de forma irresponsável pelo Estado Social.
Fora da esfera familiar, base da sociedade, as coisas não funcionam de todo melhor, tal como seria de esperar. Tal como se desagregam as raízes, desagregam-se os vínculos e os hábitos sociais. Já não encontramos produtores regionais, nem empresas familiares: tudo foi engolido pela ganância infinita daqueles que, usando da sua influência política e da Força Pública, subsidiada pelos seus dinheiros, destruíram os compromissos entre os Estados e os ofícios. Deixamos de ter aldeias de artesãos e agricultores, cidades artífices e mestres, para as povoarmos com Consumidores.
O Distributismo é mais do que a hipótese de uma terceira via. Ao longo dos futuros textos deste blogue, esta equipa vai procurar ensinar aos seus leitores que tanto o Liberalismo como o Socialismo são filhos da mesma falácia sectarista. No fundo, a hipótese que propomos é uma restauração histórica feita em nome das nossas Gentes e da nossa Cultura, pelo menos enquanto ambas mostrarem ainda sinais de existirem.
Etiquetas:
Distributismo,
Economia,
Estado Social,
Liberalismo,
Manuel Marques Pinto de Rezende,
Socialismo,
Sociedade
Subscrever:
Mensagens (Atom)