"Por que deve ser a mãe a ficar em casa e não o pai?"Para qualquer um que não se vergue à teoria (nunca comprovada) da igualdade de género, é óbvio que um bom pai jamais substitui uma boa mãe.O que está, isso sim, comprovado, é que o vínculo materno é algo essencial para o bem-estar psicológico da criança de uma forma que mais nenhum vínculo (incluindo o paterno) consegue fazer. Remeto-vos para os estudos do Dr. Bowlby. Isto porque, enquanto o vínculo paterno é construído ao longo da vida da criança mediante um sentido de honra e responsabilidade (a afectividade tem de ser construída), o vínculo materno é estabelecido imediatamente após o parto com um pico hormonal (nomeadamente de occitocina) e é reforçado nos primeiros dias pós-parto com a experiência da amamentação. A partir daqui, a mãe será sempre insubstituível na criação e educação da criança.Disclaimer: Não estou a dizer que o pai não tem um papel na criação e educação da criança. Limito-me a dizer que o seu papel é diferente e não é transacionável com o papel materno.
19 de fevereiro de 2012
Sobre as Palavras do Cardeal
aconselha-se a leitura do blogue Crónicas de uma peregrinação
Efeitos da descristianização
Casos como o desta notícia têm vindo a multiplicar-se ultimamente com preocupante frequência: são um sintoma notório do estado de degradação moral das sociedades modernas e um efeito inesperado da descristianização que lhes foi imposta, mas desta directamente decorrente.
Banido o Cristianismo, ou ao menos marginalizada ao máximo a sua influência moral no mundo contemporâneo, o paganismo pré-cristão retorna a galope com todas as suas aberrações e taras, reintroduzindo em quase total impunidade os sacrifícios humanos (aborto e eutanásia), a escravatura mais ou menos dissimulada (desde os abusos laborais cada vez mais recorrentes até ao infame tráfico de pessoas para desfrute sexual) e as idolatrias de todo o tipo (na forma mediata da adoração do poder venal, do dinheiro fácil e da sexualidade desregrada; ou na forma imediata dos cultos gnósticos, satânicos e luciferianos).
Sem dúvida que estes efeitos serão inesperados para alguns - para alguns… - dos sequazes da descristianização hodierna, mas também perfeitamente previsíveis para qualquer cristão com um mínimo de consciência e conhecimento histórico. Na verdade, quando o homem não tem qualquer outro limite que não o dos caprichos atingíveis pela sua vontade, nem tem a temer outras sanções que não as impostas pela muitas vezes risível justiça humana, sucessos como os da notícia em apreço passam a acontecer… e com preocupante frequência. Afinal, hoje em dia, quem é que ainda se preocupa com os pecados que bradam aos céus, tais como o não pagar o salário justo ao trabalhador ou o oprimir os pobres?.. Alguns… Poucos… Cada vez menos…
Banido o Cristianismo, ou ao menos marginalizada ao máximo a sua influência moral no mundo contemporâneo, o paganismo pré-cristão retorna a galope com todas as suas aberrações e taras, reintroduzindo em quase total impunidade os sacrifícios humanos (aborto e eutanásia), a escravatura mais ou menos dissimulada (desde os abusos laborais cada vez mais recorrentes até ao infame tráfico de pessoas para desfrute sexual) e as idolatrias de todo o tipo (na forma mediata da adoração do poder venal, do dinheiro fácil e da sexualidade desregrada; ou na forma imediata dos cultos gnósticos, satânicos e luciferianos).
Sem dúvida que estes efeitos serão inesperados para alguns - para alguns… - dos sequazes da descristianização hodierna, mas também perfeitamente previsíveis para qualquer cristão com um mínimo de consciência e conhecimento histórico. Na verdade, quando o homem não tem qualquer outro limite que não o dos caprichos atingíveis pela sua vontade, nem tem a temer outras sanções que não as impostas pela muitas vezes risível justiça humana, sucessos como os da notícia em apreço passam a acontecer… e com preocupante frequência. Afinal, hoje em dia, quem é que ainda se preocupa com os pecados que bradam aos céus, tais como o não pagar o salário justo ao trabalhador ou o oprimir os pobres?.. Alguns… Poucos… Cada vez menos…
Contra a instrumentalização do trabalho
Aqui fica mais um interessantíssimo artigo de Juan Manuel de Prada, originalmente publicado no "Religión en Libertad", em apoio de um dos pontos mais caros à Doutrina Social da Igreja - o da defesa da dignidade do trabalho contra a sua instrumentalização em mero factor de produção.
***
Hace casi un siglo, Chesterton, analizando la obra de Aldous Huxley Un mundo feliz, donde se nos describe una sociedad futura sometida a un feroz proceso de alienación, escribía:
—Pero esta misma obra se está realizando en nuestro mundo. Son gente de otra clase quienes la llevan a cabo, en una conspiración de cobardes. (...) Nunca se dirá lo suficiente que lo que ha destruido a la familia en el mundo moderno ha sido el capitalismo. Sin duda podría haberlo hecho el comunismo, si hubiera tenido una oportunidad fuera de esa tierra salvaje y semimongólica en la que florece actualmente. Pero, en cuanto a lo que nos concierne, lo que ha destruido hogares, alentado divorcios y tratado las viejas virtudes domésticas cada vez con mayor deprecio, han sido la época y el poder del capitalismo. Es el capitalismo el que ha provocado una lucha moral y una competencia comercial entre los sexos; el que ha destruido la influencia de los padres a favor de la del empresario; el que ha sacado a los hombres de sus casas a la busca de trabajo; el que los ha forzado a vivir cerca de sus fábricas o de sus empresas en lugar de hacerlo cerca de sus familias; el que ha alentado por razones comerciales un desfile de publicidad y chillonas novedades que es por naturaleza la muerte de todo lo que nuestras madres y nuestros padres llamaban dignidad y modestia.
Chesterton definía el capitalismo como una «conspiración de cobardes», porque tal proceso de alienación social no lo desarrolla a las bravas, al modo del gélido cientifismo comunista, sino envolviéndolo en coartadas justificativas más o menos merengosas (pero con un parejo desprecio de la dignidad humana). Lo vemos en estos días, en los que se nos trata de convencer de que una reforma laboral que limita las garantías que asisten al trabajador en caso de despido o negociación de sus condiciones laborales... ¡favorece la contratación! Es algo tan ilógico (o cínicamente perverso) como afirmar que el divorcio exprés favorece el matrimonio, o que la retirada de vallas favorece la propiedad; pero el martilleo de la propaganda y la ofuscación ideológica pueden lograr que tales insensateces sean aceptadas como dogmas económicos. Lo que tal reforma laboral favorece es la conversión del trabajador en un instrumento del que se puede prescindir fácilmente, para ser sustituido por otro que esté dispuesto a trabajar —a modo de pieza de recambio más rentable— en condiciones más indignas, a cambio de un salario más miserable. Pero toda afirmación ilógica encierra una perversión cínica: del mismo modo que de un divorcio se pueden sacar dos matrimonios, de un despido también se pueden sacar dos puestos de trabajo (y hasta tres o cuatro); basta con desnaturalizar y rebajar la dignidad de la relación laboral que se ha roto, sustituyéndola por dos (y hasta tres o cuatro) relaciones degradadas, en las que el trabajador es defraudado en su jornal. Y defraudar al trabajador en su jornal es un pecado que clama al cielo; lo recordaba todavía Juan Pablo II en su encíclica Laborem exercens.
Lo que subyace en esta reforma laboral es la conversión del trabajo en un mero «instrumento de producción»; en donde se quiebra el principio medular de la justicia social, que establece que «el trabajo es siempre causa eficiente primaria, mientras el capital, siendo el conjunto de los medios de producción, es sólo un instrumento o causa instrumental» (Laborem exercens, 12). La quiebra del orden social del trabajo, la «conspiración de los cobardes» que avizorase Chesterton hace casi un siglo, prosigue implacable sus estrategias. Y llegará, más pronto que tarde, la venganza del cielo.
Juan Manuel de Prada
***
Hace casi un siglo, Chesterton, analizando la obra de Aldous Huxley Un mundo feliz, donde se nos describe una sociedad futura sometida a un feroz proceso de alienación, escribía:
—Pero esta misma obra se está realizando en nuestro mundo. Son gente de otra clase quienes la llevan a cabo, en una conspiración de cobardes. (...) Nunca se dirá lo suficiente que lo que ha destruido a la familia en el mundo moderno ha sido el capitalismo. Sin duda podría haberlo hecho el comunismo, si hubiera tenido una oportunidad fuera de esa tierra salvaje y semimongólica en la que florece actualmente. Pero, en cuanto a lo que nos concierne, lo que ha destruido hogares, alentado divorcios y tratado las viejas virtudes domésticas cada vez con mayor deprecio, han sido la época y el poder del capitalismo. Es el capitalismo el que ha provocado una lucha moral y una competencia comercial entre los sexos; el que ha destruido la influencia de los padres a favor de la del empresario; el que ha sacado a los hombres de sus casas a la busca de trabajo; el que los ha forzado a vivir cerca de sus fábricas o de sus empresas en lugar de hacerlo cerca de sus familias; el que ha alentado por razones comerciales un desfile de publicidad y chillonas novedades que es por naturaleza la muerte de todo lo que nuestras madres y nuestros padres llamaban dignidad y modestia.
Chesterton definía el capitalismo como una «conspiración de cobardes», porque tal proceso de alienación social no lo desarrolla a las bravas, al modo del gélido cientifismo comunista, sino envolviéndolo en coartadas justificativas más o menos merengosas (pero con un parejo desprecio de la dignidad humana). Lo vemos en estos días, en los que se nos trata de convencer de que una reforma laboral que limita las garantías que asisten al trabajador en caso de despido o negociación de sus condiciones laborales... ¡favorece la contratación! Es algo tan ilógico (o cínicamente perverso) como afirmar que el divorcio exprés favorece el matrimonio, o que la retirada de vallas favorece la propiedad; pero el martilleo de la propaganda y la ofuscación ideológica pueden lograr que tales insensateces sean aceptadas como dogmas económicos. Lo que tal reforma laboral favorece es la conversión del trabajador en un instrumento del que se puede prescindir fácilmente, para ser sustituido por otro que esté dispuesto a trabajar —a modo de pieza de recambio más rentable— en condiciones más indignas, a cambio de un salario más miserable. Pero toda afirmación ilógica encierra una perversión cínica: del mismo modo que de un divorcio se pueden sacar dos matrimonios, de un despido también se pueden sacar dos puestos de trabajo (y hasta tres o cuatro); basta con desnaturalizar y rebajar la dignidad de la relación laboral que se ha roto, sustituyéndola por dos (y hasta tres o cuatro) relaciones degradadas, en las que el trabajador es defraudado en su jornal. Y defraudar al trabajador en su jornal es un pecado que clama al cielo; lo recordaba todavía Juan Pablo II en su encíclica Laborem exercens.
Lo que subyace en esta reforma laboral es la conversión del trabajo en un mero «instrumento de producción»; en donde se quiebra el principio medular de la justicia social, que establece que «el trabajo es siempre causa eficiente primaria, mientras el capital, siendo el conjunto de los medios de producción, es sólo un instrumento o causa instrumental» (Laborem exercens, 12). La quiebra del orden social del trabajo, la «conspiración de los cobardes» que avizorase Chesterton hace casi un siglo, prosigue implacable sus estrategias. Y llegará, más pronto que tarde, la venganza del cielo.
Juan Manuel de Prada
14 de fevereiro de 2012
Aristocracia, plebeyos y mundo moderno
Cortesía de Infocaótica
“Yo no sé que va a pasar con el resto de la aristocracia que nos queda. Es decir, yo no sé que va a ocurrir con el predominio de las facultades superiores sobre las inferiores que es lo que configura al aristócrata, dónde irá a refugiarse lo que queda de esta aristocracia; porque la aristocracia es como un don de Dios, que siempre habrá de surgir; lo que no sé es dónde irá a refugiarse.
Los grupos de aristócratas están hostigados por lo que llaman la rebelión de las masas, es decir, por esa especie de epidemia de plebeyismo, esta contaminación y propagación que lo va invadiendo todo sin que se la pueda parar y que tiene a su orden los instrumentos de decisión y destrucción más grandes que haya tenido la historia del mundo, proporcionados por la técnica moderna, entregada al servicio del plebeyismo, de lo bastardo, de lo común, de lo ordinario, y de lo feo. Es como la vulgar caída en manos de una civilización comercial y logrera. El comerciante o mercader no es noble, sino por casualidad, pero de suyo no es noble. Siempre se han distinguido, los nobles de los mercaderes. El fin del mercader es ganar dinero y este fin -el 'lucro intangible'-, es poco noble, porque el lucro no tiene límites. Todas las cosas naturales tienen límites y son perfectas o tienden a la perfección cuando se conforman a su propia naturaleza; y el lucro por sí solo no se limita, y si no lo limitan desde afuera o desde arriba tiende a crecer enormemente, como un abrojal. Por eso siempre el mercader ha estado sometido a una clase superior que, porque los tenía, le imponía sus propios límites. El guerrero, por ejemplo, tenía una moral condicionada a su estado y se podía en consecuencia imponer estos límites. Pero ahora ocurre que el mercader es el que está blandiendo la espada del guerrero; está por encima de todo. El dinero lo dirime todo y el mercader por oficio está destinado al dinero. El mercader lo único que hace es cambiar las cosas, no crea nada. No se trata de que sea o no útil o inútil; humanamente es necesario. Los aristócratas de nacimiento, o los que se han hecho aristócratas por sus virtudes o por sus sabidurías en este mar de plebeyismo que se ha desencadenado en el mundo actual, suponen una vida de sacrificio, una vida heroica, una vida de triunfo sobre las propias pasiones; por eso en la Edad Media era tan considerado un sabio como un guerrero.”
Leonardo Castellani
10 de fevereiro de 2012
Sobre e contra a usura

Proveniente do excelente blogue católico tradicional brasileiro “Vida Sacerdotal”, aqui fica um excerto da tradução, de autoria de Nina Batista, de um texto fulcral de Hilaire Belloc, “Sobre a usura”, merecedor de leitura integral.
***
(…) os juros sobre um empréstimo podem constituir, sob certas circunstâncias de tempo ou extensão, uma exigência de tributação impossível. Podem representar em determinado contexto um tributo moralmente indevido, que não traduz produção extra de riquezas gerada pelo investimento original. Sob certas condições, os valores exigidos não equivalem mais o fruto do investimento original, não correspondendo, portanto, à remuneração de parte dos lucros, mas sim a um pagamento a ser feito, se possível, a partir de quaisquer outros bens que o devedor possa obter. E esse tributo, além de certo ponto, torna-se mesmo impagável, devido à inexistência na sociedade dos meios suficientes para tanto.
Que circunstâncias são essas? Que condições distinguem a exigência de juros moralmente legítima da ilegítima?
A distinção se dá entre a cobrança moral de parte dos frutos de um empréstimo produtivo e a exigência imoral de juros sobre um empréstimo improdutivo ou juros superiores ao incremento anual em riquezas efetivas geradas por um empréstimo produtivo. Tal exigência “esgota” – “consome” – “exaure” as riquezas do devedor, sendo por isso denominada “Usura”. Uma derivação imprecisa em termos filológicos, mas correta sob o ponto de vista moral, conecta o termo latino “usura” à ideia de destruir, “exaurir”, e não à idéia original do termo “usus,” “uso”.
A Usura, portanto, é a cobrança de juros sobre um empréstimo improdutivo ou de juros superiores ao incremento real gerado por um empréstimo produtivo. É a exigência de algo ao qual o credor não tem direito, como se eu dissesse: “Pague-me dez sacas de trigo ao ano pelo aluguel destes campos”, após os campos terem sido tragados pelo mar ou terem passado a produzir anualmente muito menos do que as dez sacas de trigo.
Devo, com relutância, introduzir aqui um significado coloquial do termo “Usura” que confunde o raciocínio. As pessoas falam de “juros usurários” referindo-se a juros muito elevados. A forma como surgiu essa confusão é elementar. Juros muito elevados são geralmente superiores à riqueza real produzida até mesmo por um empréstimo produtivo, e cobrá-los significa, de fato, cobrar mais do que a produção do empréstimo original; mas não há nada na taxa de juros per se que a torne usurária. É possível cobrar juros de cem por cento sobre um empréstimo e estar em pleno exercício de seus direitos morais.
Por exemplo, uma pequena área de mineração que produzia 15 kg de ouro por ano tem a súbita oportunidade de produzir 200 vezes essa quantidade – 3.000 kg – com a obtenção do capital equivalente a apenas 30 kg para desenvolvimento. O credor desse novo capital não tem a obrigação moral de ceder ao devedor, como presente, os lucros imensamente maiores. É legítimo que reivindique sua parte; ele poderia muito bem exigir metade da nova produção, ou seja, 1.500 kg ao ano, 500 por cento sobre o empréstimo, pois esses juros altos corresponderiam apenas à metade da nova riqueza produzida. A demanda desses 500 por cento não representaria cobrança de tributo sobre riqueza inexistente, nem sobre riqueza que não foi criada pelo capital investido.
Portanto, a rigor a Usura nada tem a ver com a quantidade de juros cobrados, mas sim com o fato de haver ou não um incremento produzido pelo capital investido que seja pelo menos igual ao tributo exigido.
Caso seja necessário avalizar uma posição moral tão evidente, esse aval pode ser encontrado em todos os principais sistemas morais sancionados pelas filosofias religiosas e sociais permanentes adotadas pela humanidade. Aristóteles a proíbe, assim como São Tomás de Aquino. O sistema ético maometano a condena [e, na prática, faz uma condenação ininteligível, ao proibir muitos empréstimos que seriam úteis]. Temos, em particular, a brilhante decisão do Quarto Concílio de Latrão [1215].
Tudo certo até este ponto. Vejamos agora o desenvolvimento muito interessante que se deu nos tempos modernos, desde o rompimento de nosso sistema moral e religioso comum europeu, com a Reforma Protestante. Após esse desastre, a Usura passou a ser gradualmente admitida. Tornou-se prática comum sancionada pela legislação, com pagamento imposto pela magistratura civil. Na Inglaterra, foi sob o reinado de Cecil, no ano de 1571, que os juros, embora limitados a dez por cento, tornaram-se legais, independentemente da utilização do empréstimo. O ano de nascimento do que se pode chamar “Usura Indiscriminada” foi 1609, quando, sob o Calvinismo, o Banco de Amsterdã iniciou sua próspera carreira em estimular a capacidade dos afortunados e arruinar os desafortunados. De forma geral, os governos que se desligaram da unidade representada pela Cristandade introduziram, um após o outro, a Usura legalizada, obtendo vantagem sobre as nações conservadoras que se empenhavam em manter o antigo código moral. Às novas ideias morais, ou melhor, imorais assim introduzidas, devemos o rápido desenvolvimento do sistema bancário nas nações “reformadas”, bem como o controle financeiro que adquiriram e mantiveram por três séculos. Por fim, todos se adequaram ao novo sistema, e hoje a Usura atua lado a lado com o lucro legítimo e, confundida com ele, universalizou-se no que já foi a civilização Cristã. É ponto pacífico que todo empréstimo deve produzir juros, sem questionamento quanto ao seu caráter produtivo ou improdutivo. Todo o aspecto financeiro de nossa civilização ainda se baseia nesse falso conceito.
Seria possível escrever um ensaio muito interessante sobre os mais recentes frutos de tal concepção em nossos tempos. Se porventura viesse a ser escrito, um bom título seria “O fim do reinado da Usura”. Afinal, vem-se tornando muito claro que o vício inerente ao sistema responsável, tempos atrás, pela derrocada da estrutura social do Império Romano começa a fazer ruir também nossas transações financeiras internacionais. Contudo, com a seguinte diferença: eles foram arruinados pela Usura particular e nós, pela pública.
***
(…) os juros sobre um empréstimo podem constituir, sob certas circunstâncias de tempo ou extensão, uma exigência de tributação impossível. Podem representar em determinado contexto um tributo moralmente indevido, que não traduz produção extra de riquezas gerada pelo investimento original. Sob certas condições, os valores exigidos não equivalem mais o fruto do investimento original, não correspondendo, portanto, à remuneração de parte dos lucros, mas sim a um pagamento a ser feito, se possível, a partir de quaisquer outros bens que o devedor possa obter. E esse tributo, além de certo ponto, torna-se mesmo impagável, devido à inexistência na sociedade dos meios suficientes para tanto.
Que circunstâncias são essas? Que condições distinguem a exigência de juros moralmente legítima da ilegítima?
A distinção se dá entre a cobrança moral de parte dos frutos de um empréstimo produtivo e a exigência imoral de juros sobre um empréstimo improdutivo ou juros superiores ao incremento anual em riquezas efetivas geradas por um empréstimo produtivo. Tal exigência “esgota” – “consome” – “exaure” as riquezas do devedor, sendo por isso denominada “Usura”. Uma derivação imprecisa em termos filológicos, mas correta sob o ponto de vista moral, conecta o termo latino “usura” à ideia de destruir, “exaurir”, e não à idéia original do termo “usus,” “uso”.
A Usura, portanto, é a cobrança de juros sobre um empréstimo improdutivo ou de juros superiores ao incremento real gerado por um empréstimo produtivo. É a exigência de algo ao qual o credor não tem direito, como se eu dissesse: “Pague-me dez sacas de trigo ao ano pelo aluguel destes campos”, após os campos terem sido tragados pelo mar ou terem passado a produzir anualmente muito menos do que as dez sacas de trigo.
Devo, com relutância, introduzir aqui um significado coloquial do termo “Usura” que confunde o raciocínio. As pessoas falam de “juros usurários” referindo-se a juros muito elevados. A forma como surgiu essa confusão é elementar. Juros muito elevados são geralmente superiores à riqueza real produzida até mesmo por um empréstimo produtivo, e cobrá-los significa, de fato, cobrar mais do que a produção do empréstimo original; mas não há nada na taxa de juros per se que a torne usurária. É possível cobrar juros de cem por cento sobre um empréstimo e estar em pleno exercício de seus direitos morais.
Por exemplo, uma pequena área de mineração que produzia 15 kg de ouro por ano tem a súbita oportunidade de produzir 200 vezes essa quantidade – 3.000 kg – com a obtenção do capital equivalente a apenas 30 kg para desenvolvimento. O credor desse novo capital não tem a obrigação moral de ceder ao devedor, como presente, os lucros imensamente maiores. É legítimo que reivindique sua parte; ele poderia muito bem exigir metade da nova produção, ou seja, 1.500 kg ao ano, 500 por cento sobre o empréstimo, pois esses juros altos corresponderiam apenas à metade da nova riqueza produzida. A demanda desses 500 por cento não representaria cobrança de tributo sobre riqueza inexistente, nem sobre riqueza que não foi criada pelo capital investido.
Portanto, a rigor a Usura nada tem a ver com a quantidade de juros cobrados, mas sim com o fato de haver ou não um incremento produzido pelo capital investido que seja pelo menos igual ao tributo exigido.
Caso seja necessário avalizar uma posição moral tão evidente, esse aval pode ser encontrado em todos os principais sistemas morais sancionados pelas filosofias religiosas e sociais permanentes adotadas pela humanidade. Aristóteles a proíbe, assim como São Tomás de Aquino. O sistema ético maometano a condena [e, na prática, faz uma condenação ininteligível, ao proibir muitos empréstimos que seriam úteis]. Temos, em particular, a brilhante decisão do Quarto Concílio de Latrão [1215].
Tudo certo até este ponto. Vejamos agora o desenvolvimento muito interessante que se deu nos tempos modernos, desde o rompimento de nosso sistema moral e religioso comum europeu, com a Reforma Protestante. Após esse desastre, a Usura passou a ser gradualmente admitida. Tornou-se prática comum sancionada pela legislação, com pagamento imposto pela magistratura civil. Na Inglaterra, foi sob o reinado de Cecil, no ano de 1571, que os juros, embora limitados a dez por cento, tornaram-se legais, independentemente da utilização do empréstimo. O ano de nascimento do que se pode chamar “Usura Indiscriminada” foi 1609, quando, sob o Calvinismo, o Banco de Amsterdã iniciou sua próspera carreira em estimular a capacidade dos afortunados e arruinar os desafortunados. De forma geral, os governos que se desligaram da unidade representada pela Cristandade introduziram, um após o outro, a Usura legalizada, obtendo vantagem sobre as nações conservadoras que se empenhavam em manter o antigo código moral. Às novas ideias morais, ou melhor, imorais assim introduzidas, devemos o rápido desenvolvimento do sistema bancário nas nações “reformadas”, bem como o controle financeiro que adquiriram e mantiveram por três séculos. Por fim, todos se adequaram ao novo sistema, e hoje a Usura atua lado a lado com o lucro legítimo e, confundida com ele, universalizou-se no que já foi a civilização Cristã. É ponto pacífico que todo empréstimo deve produzir juros, sem questionamento quanto ao seu caráter produtivo ou improdutivo. Todo o aspecto financeiro de nossa civilização ainda se baseia nesse falso conceito.
Seria possível escrever um ensaio muito interessante sobre os mais recentes frutos de tal concepção em nossos tempos. Se porventura viesse a ser escrito, um bom título seria “O fim do reinado da Usura”. Afinal, vem-se tornando muito claro que o vício inerente ao sistema responsável, tempos atrás, pela derrocada da estrutura social do Império Romano começa a fazer ruir também nossas transações financeiras internacionais. Contudo, com a seguinte diferença: eles foram arruinados pela Usura particular e nós, pela pública.
Monarquia Corporativa
texto de Flávio Alencar para a revista Aquinate
A prática política ibérica baseava-se num modelo de Monarquia tradicional ou orgânica, de raiz medieval, em que o rei era, entre os grandes senhores, um primus inter pares. O rei não concentrava as decisões, mas vigorava o princípio da subsidiariedade, segundo o qual as instâncias de poder mais locais devem em geral resolver as questões de que sejam capazes. Conforme a necessidade, apelar-se-ia a esferas mais altas, que têm assim um papel subsidiário, se responsabilizando por empresas e encargos que fogem da capacidade da família e do município, e administrando a justiça. A Monarquia orgânica estruturava-se hierarquicamente, como uma pirâmide em que no cimo há muita autoridade e pouco poder, e na base há muito poder e pouca autoridade. O poder dos senhores locais sustentava a autoridade do rei, que assumia assim a figura de pai, senhor e juiz de todos. Os súditos devem respeitar e obedecer ao rei como pai, e o rei deve ser justo, solícito e misericordioso para com os súditos como para com filhos seus. Neste contexto, se podem entender os mecanismos de lealdade e de concessão de graças e mercês que marcam a relação entre rei e súditos nas sociedades de corte no Antigo Regime.Em Portugal e Espanha, a Monarquia tradicional se assentava sobre um paradigma corporativo, como tem salientado um número cada vez maior de historiadores, seguindo a senda indicada por António Manuel Hespanha e Angela Barreto Xavier. Esta historiografia aponta para a necessidade de compreender o Antigo Regime Ibérico a partir de seus próprios usos e costumes, instituições e práticas. Aplicar, no estudo das sociedades de Antigo Regime, noções próprias da democracia liberal que sucedeu a Revolução Francesa – no caso do direito, p.ex., a noção de direitos individuais, de fundo racionalista – é condenar-se a não compreender essas sociedades em razão do anacronismo dos conceitos empregados. Aliás, esta acusação de anacronismo é a que, no caso do Brasil, fazem os partidários da idéia de Antigo Regime nos trópicos – estribada no paradigma corporativo – aos que defendem a noção de Antigo Sistema Colonial, prenhe de uma inegável visão economicista da História.
9 de fevereiro de 2012
A Monarquia de amanhã

A Monarquia de amanhã será a Monarquia de sempre: católica, tradicional, orgânica, antimoderna e portanto ultramoderna. Proclamemos, pois, em uníssono: Nos liberi sumus, Rex noster liber est, manus nostrae nos liberverunt! (Nós somos livres, o nosso Rei é livre, as nossas mãos libertaram-nos!)
8 de fevereiro de 2012
António Sardinha e o Carlismo
Fonte: Azevedo Correia J e Santos JM. António Sardinha, o Carlismo e o regresso à Madre-Hispânia. Ayuso M (ed). A los 175 años del Carlismo: Una revisión de la Tradición política hispánica. Itinerarios/Fundación Elías de Tejada. Madrid, 2011. 157-174 (173-174).
É imperativo saber, depois de tudo isto, o que leva o Carlismo a manter-se com importância ao longo de quase dois séculos, quando tantas formas políticas da sua época já não são sequer lembradas. Na perspectiva do nosso António Sardinha, isto é ainda mais claro.
Primeiro, porque o Carlismo é uma forma de pensamento Cristão e Católico onde não sucedeu o retrocesso do político face à Justiça. Ao contrário de algumas formas de Catolicismo que vão progredindo através de sucessivas concessões ao seu tempo, o Carlismo não apresenta o elemento político como estanque ou imune à sociedade, mas também não aceita o princípio moderno (ou modernista) de que o governo é mera emanação da vontade da sociedade. No Carlismo a communio é o elemento político por excelência, porque só dessa forma é possível manter o núcleo da Justiça intocada perante aquelas maiorias e minorias que a querem tomar como arma para o seu plano privado de poder. Num momento em que o Poder se encontra à solta e em que ninguém questiona os limites do poder democrático e da vontade humana, esta é uma lição fundamental, que mesmo poucos católicos parecem compreender.
Em segundo lugar, porque o Carlismo, e sua forte tendência Hispanista, é uma reflexão sobre a identidade dos povos que permite compreender o “político” através de uma dimensão narrativa. O Carlismo possui uma vertente dinâmica que compreende as comunidades num seguimento narrativo que é o oposto da doutrina constitucional actual. Esta última, ao tomar o momento constitutivo da comunidade política como acto da vontade ex-nihilo, procede a um conjunto de cortes com a Realidade. Na sua demência, o constitucionalismo actual opera mediante um conjunto de reflexões sobre os seus próprios actos e percepções, em vez de se pensar a justiça da norma, é pensada a vontade do legislador, o que conduz a que a comunidade política se encontre vinculada pela vontade de outros e não pelo valor intrínseco da lei. As portas abertas por esta forma de pensar a todo o tipo de injustiças, são por demais evidentes. O Carlismo, porém, opera num contexto de continuidade histórica, em que a comunidade se compreende e referencia face a elementos históricos e transcendentes (Portugal às Espanhas, as Espanhas a Roma, Roma a Atenas e Jerusalém). Pode-se assim falar de um pensamento que é revolucionário, no sentido em que esta palavra significa a adequação da matéria ao “real” – verdadeira essência das coisas –, mas que sabe que a identidade só pode ser um continuum de gerações, em que, como viram Burke e Chesterton, os vivos não têm o direito de destruir a obra dos que não estão (os nossos maiores e os nossos descendentes).
O Carlismo tem também uma palavra para o nosso tempo, porque hoje vivemos na Ibéria. Portugal é Ibéria, a Espanha é Ibéria, o Benelux (nome que bem poderia ser uma marca de sabonete de baixo custo e nada representa senão a ânsia funcionalista do nosso tempo) é Ibéria. A Ibéria é o país inventado, sem referências e tradições, sem povo, onde se vive uma pequena parcela de cosmopolitismo e onde toda a comunidade (e Justiça) é afastada do léxico e da esfera pública. Vivemos numa Europa Unida em que todas as perspectivas são válidas, excepto a perspectiva que não se ajoelha perante o altar da subjectividade, em que todos têm direito à tolerância, excepto os que se consideram portadores de Verdade. Vivemos numa gigantesca consumer-nation em que os políticos são eleitos e reeleitos pelos seus feitos económicos e de gestão. Temos energia, água canalizada, segurança-social! Não temos um pingo de justiça e achamos que uma mulher pode decidir se o seu filho vive ou morre, consoante o seu apetite diário. Achamos desnecessária a reflexão sobre “o que é a vida humana” e tomamos como válida a resposta de cada um, por mais irreflectida, ilógica ou inválida que seja. Temos documentos constitucionais por todo o continente que fazem dos povos da Europa nações confessionais (Alemanha, Polónia, Irlanda, Grécia, Malta, Dinamarca, p.ex.) e, no entanto, vemos descrita a Europa como cristalizadora dos princípios de separação do Estado e da Igreja, de laicismo e de secularidade total e todas as referências ao Cristianismo serem apagadas do diálogo público (substituídas pela linguagem dos Direitos Humanos, dos interesses do consumidor ...). A futura constitucionalização, que inclui um fundamento laico a essas da Europa não deve ser vista como um coup d’état?
Por fim, o Carlismo tem sentido no mundo de hoje, porque tem capacidade de repetir a influência que teve em António Sardinha. Precisamos de mudar esse Catolicismo difuso e procedimental misturado de um conservadorismo ideológico, como o primeiro de António Sardinha, a um pensamento que assume Cristo como facto essencial e critério supremo de justiça da alma e da cidade.
Se assim fôr, a mensagem civilizadora das Espanhas não se deu por terminada.
Jorge Azevedo Correia e Juan Matías Santos
6 de fevereiro de 2012
Que Monarquia queremos?

Constato o grande entusiasmo que nos últimos dias tem percorrido parte da blogosfera lusa, a propósito de um manifesto em defesa da restauração da Monarquia promovido por pessoas que individualmente reputo de estimabilíssimas; porém, numa perspectiva metapolítica inspirada pelo Catolicismo tradicional, não compartilho desse entusiasmo.
Em Portugal, a Monarquia ou será cristã e tradicional ou não será. Conforme já referi em momento anterior, trata-se desde o começo de uma questão inquinada o debater se o Chefe de Estado - o Presidente da República… - deve adornar a sua cabeça com um chapéu comum ou com um chapéu mais invulgar conhecido pelo nome de “coroa”. Pelo contrário, a Monarquia só terá razão de ser se, acima da questão da forma de exercício da chefia do Estado, se souber apresentar como verdadeira alternativa ao regime político vigente, constituindo-se em poderoso factor de regeneração nacional e de recuperação da tradição histórica portuguesa, bem como em primacial opositora da revolução cultural anticristã promovida pelo republicanismo no seu sentido mais lato. Só assim a Monarquia fará sentido e só desta maneira será.
Ao invés, para alterar simplesmente a forma de exercício da chefia de Estado, mas manter intocado o republicanismo e a marcha destrutiva da sua revolução cultural anticristã, o melhor mesmo é deixar as coisas tal qual elas estão. Ou alguém será ingénuo o bastante ao ponto de supor que tal revolução é menos virulenta, por exemplo, nas “monarquias” do Reino Unido, Holanda ou Espanha (onde os Presidentes da República usam coroa…) do que nas repúblicas dos Estados Unidos, de França ou Portugal?.. Quero crer que não…
Em Portugal, a Monarquia ou será cristã e tradicional ou não será. Conforme já referi em momento anterior, trata-se desde o começo de uma questão inquinada o debater se o Chefe de Estado - o Presidente da República… - deve adornar a sua cabeça com um chapéu comum ou com um chapéu mais invulgar conhecido pelo nome de “coroa”. Pelo contrário, a Monarquia só terá razão de ser se, acima da questão da forma de exercício da chefia do Estado, se souber apresentar como verdadeira alternativa ao regime político vigente, constituindo-se em poderoso factor de regeneração nacional e de recuperação da tradição histórica portuguesa, bem como em primacial opositora da revolução cultural anticristã promovida pelo republicanismo no seu sentido mais lato. Só assim a Monarquia fará sentido e só desta maneira será.
Ao invés, para alterar simplesmente a forma de exercício da chefia de Estado, mas manter intocado o republicanismo e a marcha destrutiva da sua revolução cultural anticristã, o melhor mesmo é deixar as coisas tal qual elas estão. Ou alguém será ingénuo o bastante ao ponto de supor que tal revolução é menos virulenta, por exemplo, nas “monarquias” do Reino Unido, Holanda ou Espanha (onde os Presidentes da República usam coroa…) do que nas repúblicas dos Estados Unidos, de França ou Portugal?.. Quero crer que não…
30 de janeiro de 2012
Libertar o voto católico do cativeiro
Não bastava já que o actual governo português houvesse enveredado pela aplicação de uma política económico-financeira profundamente injusta e imoral, de puro pendor utilitarista, que esmaga os mais pobres e depaupera a classe média, enquanto permite que o grande capital plutocrático e as clientelas político-partidárias continuem a depredar em proveito próprio pessoal privado a coisa pública. Agora, tornou-se público e notório que o principal dos dois partidos políticos que compõem a coligação governamental - o PSD - pouco mais é correntemente do que uma plataforma visível da actuação de um projecto maçónico em Portugal, e que a coligação governamental no seu todo - PSD e CDS/PP - pretende prosseguir e aprofundar a revolução cultural anticristã encetada pelos governos socialistas de José Sócrates, conforme o comprova a atitude assumida por aqueles partidos a propósito da questão das chamadas “barrigas de aluguer” mas não só (ver I, II, III e IV).
Esta deriva anticristã das direcções do PSD e do CDS/PP, contrária ao sentir empírico da maioria da base eleitoral destes partidos (a qual compõe em sentido lato aquilo que se convencionou chamar de “direita sociológica”), só é possível na medida em que aquelas direcções supõem cativo em seu benefício exclusivo o voto desta base eleitoral, voto que em parte nada despicienda é um voto de católicos.
Como se chegou a este estado de coisas?
No que concerne ao voto dos católicos, são duas as razões principais:
1ª) A inércia do eleitorado em questão, que continua, mais por reflexo do que por convicção, a votar nos partidos em que sempre votou, da mesma forma que alguém é adepto clubístico do Benfica ou do Sporting porque sempre o foi e independentemente da prestação desportiva concreta destes clubes em cada momento. Porém, um partido político não é um clube desportivo, sendo assim tal atitude própria de pessoas pouco esclarecidas e desconhecedoras do magistério da Igreja, as quais são legião em Portugal. Efectivamente, um eleitor católico não pode apoiar partidos políticos onde imperam em posições de relevo pessoas como Passos Coelho, Paulo Portas, Carlos Abreu Amorim ou Teresa Caeiro, que de forma mais ou menos declarada são favoráveis ao aborto ou ao emparelhamento de homossexuais, porquanto estas posturas contrariam princípios fundamentais - inegociáveis - da doutrina católica.
2ª) À inércia do eleitorado leigo soma-se a inércia do episcopado, que será a principal responsável pela subsistência deste estado de coisas deplorável.
Na verdade, o episcopado português jamais sublinhou com a veemência necessária, sobretudo durante os períodos eleitorais mais recentes, a questão dos princípios inegociáveis; por seu turno, a “Nota doutrinal sobre algumas questões relativas ao empenhamento e ao comportamento dos católicos na vida política”, da autoria da Congregação para a Doutrina da Fé, presidida pelo então Cardeal Ratzinger, e aprovada pelo Papa João Paulo II, tem sido sistematicamente desconsiderada em Portugal, como de resto muitos outros documentos provenientes de Roma…
Deste modo, o desconhecimento do magistério por uns e a indiferença ao mesmo por outros criaram nas direcções partidárias do PSD e do CDS/PP a ilusão de que o voto católico é um voto fácil e assegurado, um voto cativo e pouco exigente que não reage aos enxovalhos que lhe são feitos e que pode ser preterido em benefício dos fautores da revolução cultural.
Ora, não se admite que esta situação subsista por mais tempo: o episcopado, restante clero e os leigos conscientes desta factualidade têm o grave dever de recordar publicamente que um católico não pode continuar a apoiar com o seu voto partidos políticos que na sua acção contrariam princípios inegociáveis da doutrina católica, e que tal apoio constitui objectivamente uma falta moral séria e, no limite, um pecado mortal; por sua vez, aos partidos políticos que persistam em enveredar pelos caminhos ínvios em apreço, há que lhes fazer sentir que a insistência nessas posições lhes trará as indesejadas mas implacáveis e inapeláveis sanções eleitorais.
O eleitorado católico é um gigante adormecido que tem de acordar definitivamente e fazer-se respeitar! Já chega de os interesses anticristãos em Portugal, representados por clubes de influência com poucos milhares de membros no máximo, continuarem a fazer com total impunidade a chuva e o bom tempo na vida política nacional, ao mesmo tempo que remetem os católicos - muitíssimos mais dos que aqueles em qualquer caso - para uma cidadania de segunda classe! E para que tal suceda, urge libertar o voto católico do cativeiro em que se encontra!
Esta deriva anticristã das direcções do PSD e do CDS/PP, contrária ao sentir empírico da maioria da base eleitoral destes partidos (a qual compõe em sentido lato aquilo que se convencionou chamar de “direita sociológica”), só é possível na medida em que aquelas direcções supõem cativo em seu benefício exclusivo o voto desta base eleitoral, voto que em parte nada despicienda é um voto de católicos.
Como se chegou a este estado de coisas?
No que concerne ao voto dos católicos, são duas as razões principais:
1ª) A inércia do eleitorado em questão, que continua, mais por reflexo do que por convicção, a votar nos partidos em que sempre votou, da mesma forma que alguém é adepto clubístico do Benfica ou do Sporting porque sempre o foi e independentemente da prestação desportiva concreta destes clubes em cada momento. Porém, um partido político não é um clube desportivo, sendo assim tal atitude própria de pessoas pouco esclarecidas e desconhecedoras do magistério da Igreja, as quais são legião em Portugal. Efectivamente, um eleitor católico não pode apoiar partidos políticos onde imperam em posições de relevo pessoas como Passos Coelho, Paulo Portas, Carlos Abreu Amorim ou Teresa Caeiro, que de forma mais ou menos declarada são favoráveis ao aborto ou ao emparelhamento de homossexuais, porquanto estas posturas contrariam princípios fundamentais - inegociáveis - da doutrina católica.
2ª) À inércia do eleitorado leigo soma-se a inércia do episcopado, que será a principal responsável pela subsistência deste estado de coisas deplorável.
Na verdade, o episcopado português jamais sublinhou com a veemência necessária, sobretudo durante os períodos eleitorais mais recentes, a questão dos princípios inegociáveis; por seu turno, a “Nota doutrinal sobre algumas questões relativas ao empenhamento e ao comportamento dos católicos na vida política”, da autoria da Congregação para a Doutrina da Fé, presidida pelo então Cardeal Ratzinger, e aprovada pelo Papa João Paulo II, tem sido sistematicamente desconsiderada em Portugal, como de resto muitos outros documentos provenientes de Roma…
Deste modo, o desconhecimento do magistério por uns e a indiferença ao mesmo por outros criaram nas direcções partidárias do PSD e do CDS/PP a ilusão de que o voto católico é um voto fácil e assegurado, um voto cativo e pouco exigente que não reage aos enxovalhos que lhe são feitos e que pode ser preterido em benefício dos fautores da revolução cultural.
Ora, não se admite que esta situação subsista por mais tempo: o episcopado, restante clero e os leigos conscientes desta factualidade têm o grave dever de recordar publicamente que um católico não pode continuar a apoiar com o seu voto partidos políticos que na sua acção contrariam princípios inegociáveis da doutrina católica, e que tal apoio constitui objectivamente uma falta moral séria e, no limite, um pecado mortal; por sua vez, aos partidos políticos que persistam em enveredar pelos caminhos ínvios em apreço, há que lhes fazer sentir que a insistência nessas posições lhes trará as indesejadas mas implacáveis e inapeláveis sanções eleitorais.
O eleitorado católico é um gigante adormecido que tem de acordar definitivamente e fazer-se respeitar! Já chega de os interesses anticristãos em Portugal, representados por clubes de influência com poucos milhares de membros no máximo, continuarem a fazer com total impunidade a chuva e o bom tempo na vida política nacional, ao mesmo tempo que remetem os católicos - muitíssimos mais dos que aqueles em qualquer caso - para uma cidadania de segunda classe! E para que tal suceda, urge libertar o voto católico do cativeiro em que se encontra!
Etiquetas:
Católicos na Política,
CDS/PP,
Eleições,
Episcopado Português,
Guerra Cultural,
Magistério da Igreja,
Princípios Inegociáveis,
PSD,
Revolução Cultural,
Voto Católico
23 de janeiro de 2012
Europa anticristiana: las fracturas europeas
Fuente: ¿Qué es el Carlismo? Elías de Tejada y Espínola, F., Gambra Ciudad, R. y Puy Muñoz, F. Escelicer (Madrid), 1971. 22-25.
Las cinco fracturas
La cristiandad muere en tierras de occidente para nacer Europa, cuando ese organismo social se rompe entre 1517 y 1648 en cinco fracturas sucesivas. Son cinco horas de parto y crianza de Europa, cinco puñales en la carne histórica de la cristiandad. A saber:
a) La ruptura religiosa del luteranismo.
b) La ruptura ética del maquiavelismo.
c) La ruptura política del bodinismo.
d) La ruptura jurídica del hobbesianismo.
e) Y la ruptura sociológica que convierte en realidad palpable la rotura definitiva del cuerpo místico político cristiano mediante la firma de los tratados de Westfalia.
Entre 1517 y 1648 nace y crece Europa. Y en proporción inversa al mismo proceso se da el otro: el del agravamiento y la muerte de la cristiandad. Paremos mientes, muy someramente en aquel doloroso alumbramiento, recorriendo sus cinco momentos típicos.
“Ningún libro más claro”
El verdadero padre de Europa es Martín LUTERO. No lo es por la novedad de sus herejías, que ya estaban más que razonadas en John WICLEFF y en otros heresiarcas anteriores. Lo es, porque consigue partir en dos definitivamente la unidad de la fe. Sólo él consiguió nublar en occidente el sol de Roma, enfriando así la cristiandad. Es que, después de LUTERO, desaparecida la unidad de la fe, se ha secado el meollo del organismo espiritual de la cristiandad, que viene a ser sustituido por algo esencial a la idea de Europa: el equilibrio entre diversas creencias coexistentes.
Todo eso se sigue de la tesis del “libre examen”, que LUTERO basa en su convicción prejudicial de que “ningún libro es más claro” que la Biblia. Secuela directa de la instauración del libre examen fue, que en vez de una fe única hubiera parigual consideración de todas las creencias; y que en lugar de la misma visión de los textos sagrados, hubiere tantas interpretaciones cuantos lectores.
El libre examen fue el mecanismo formal de la armonía externa entre las fes diversas de cada uno de los creyentes, suplantando el cuerpo orgánico de la Iglesia, que había servido de columna vertebral a la cristiandad medieval.
“Virtud y fortuna”
Completa la obra Nicolás MAQUIAVELO, desgajando su ética neopagana -fundada en la virtú que es sólo “imperiosa fuerza de voluntad”- de la ética cristiana -centrada en la virtus que es el ascético autodominio sobre los impulsos y apetitos-. Porque, al ser la virtú aquella fortaleza que rinde los sucesos a la voluntad del hombre en un juego de fuerzas estrictamente mecánico, la sociedad resulta constituida en torno a la constelación de energías que predomine cuando este pagano renacido que es l'uomo virtuoso venza la inconstancia de la adversa fortuna.
Porque desde ahí, ya no hay más que una Providencia divina personal que premia o castiga, sino una pagana fortuna, propicia o adversa según la geometría de las estrellas y los mecanismos de los astros.
“Soberanía”
Juan BODINO trasladó el mecanicismo a la política, al establecer como nudo social primero la posibilidad de la obediencia a un príncipe como una neutra relación entre el súbdito y el soberano.
La soberanía -que es válida por sí misma, porque se justifica en la efectividad de un poder neutralizado de todo contenido religioso- acabar en el absolutismo destructor del cuerpo social, en aras de fortalecer el poderío del gobernante. Y de este modo, el orden orgánico de los pueblos de la cristiandad se sustituyó por un nuevo equilibrio de fuerzas sociales, sin otro apoyo que el juego mecánico que en él establezca el cetro todopoderoso de los reyes del despotismo ilustrado, o sea, del absolutismo ejemplar del borbonismo francés.
“Leviatán”
La ruptura jurídica la consagra parcialmente Hugo GROCIO secularizando el intelectualismo tomista. Pero de un modo absoluto quien lo hace es Tomás HOBBES, secularizando el voluntarismo escotista. El derecho es en adelante el sistema mecánico natural de un monstruo, el Leviatán.
El derecho, objetiva o subjetivamente considerado, no será ya más que la regla de los equilibrios humanos, puramente humanos, en los que nada cuenta aquel orden reglado de las proporciones ordenadas, que la escolástica de la cristiandad refería necesariamente a Dios, única fuente agustiniana del orden verdaderamente proporcionado de los seres.
“Corpus mysticum, corpus mechanicum”
En fin, desde los tratados de Westfalia es asimismo mecanicista la marcha de las instituciones políticas europeas. Las relaciones internacionales se configuran como las de un corpus mechanicum, contrariamente a la organización armónica del corpus mysticum que había sido la cristiandad, en la cual propiamente no había tales relaciones inter nationes, porque sólo las había inter gentes.
En adelante ya no habrá una política universal orgánicamente entrelazada de un modo jerárquico, sino que habrá dos políticas, mecánicamente intercurrentes: la “política interior” y la “política exterior”. En la política interior, al absolutismo demoledor de los reyes sucederá o el absolutismo expreso de las democracias rusonianas, o el absolutismo tácito del sistema de frenos y contrapesos mecánicos montesqueiano. Y en la política internacional, desde 1648, el juego de las relaciones entre las potencias será un sistema de equilibrios de alianzas y contraalianzas, nunca lealmente observadas, antes mil veces traicionadas.
Europa contra la cristiandad
Sumariamente descritas estas cinco rupturas que fracturan la ingenuamente supuesta continuidad entre la cristiandad y Europa, que ya hemos criticado, podremos comprender por qué Europa no es otra cosa que la negación de la cristiandad. Basta con describir el contenido de ambos conceptos culturales, para dirimir la cuestión sin lugar a la menor sombra de duda.
Europa es mecanicismo; neutralización de poderes; coexistencia formal de credos; moral pagana; absolutismos; democracias; liberalismos; guerras nacionalistas familiares; concepción abstracta del hombre; sociedades de naciones y organizaciones de naciones unidas; parlamentarismos; constitucionalismos; aburguesamientos; soberanías; reyes que no gobiernan; indiferentismo y ateísmo y antiteísmo: revolución en suma.
Cristiandad es, en cambio, organicismo social; visión cristiana del poder; unidad de fe católica; poderes templados; cruzadas misioneras; concepción del hombre como ser concreto; cortes auténticamente representativas de la realidad social entendida por cuerpo místico; sistemas de libertades concretas; continuidad histórica por fidelidad a los muertos: tradición en suma.
Son, pues, dos civilizaciones, dos culturas polarmente contrarias. Europa es “lo europeo”: la civilización antropocéntrica de la revolución. Cristiandad es “lo cristiano”: la civilización teocéntrica de la tradición.
Europa ha nacido para liquidar la cristiandad. Muchos creen que lo ha conseguido. Y así fuera cierto, de no haber sido por un obstáculo inopinado, naturalmente imprevisible, y por eso razonablemente calificable de providencial, que surgió. Ese obstáculo se llamó y se llama así: Las Españas.
Las cinco fracturas
La cristiandad muere en tierras de occidente para nacer Europa, cuando ese organismo social se rompe entre 1517 y 1648 en cinco fracturas sucesivas. Son cinco horas de parto y crianza de Europa, cinco puñales en la carne histórica de la cristiandad. A saber:
a) La ruptura religiosa del luteranismo.
b) La ruptura ética del maquiavelismo.
c) La ruptura política del bodinismo.
d) La ruptura jurídica del hobbesianismo.
e) Y la ruptura sociológica que convierte en realidad palpable la rotura definitiva del cuerpo místico político cristiano mediante la firma de los tratados de Westfalia.
Entre 1517 y 1648 nace y crece Europa. Y en proporción inversa al mismo proceso se da el otro: el del agravamiento y la muerte de la cristiandad. Paremos mientes, muy someramente en aquel doloroso alumbramiento, recorriendo sus cinco momentos típicos.
“Ningún libro más claro”
El verdadero padre de Europa es Martín LUTERO. No lo es por la novedad de sus herejías, que ya estaban más que razonadas en John WICLEFF y en otros heresiarcas anteriores. Lo es, porque consigue partir en dos definitivamente la unidad de la fe. Sólo él consiguió nublar en occidente el sol de Roma, enfriando así la cristiandad. Es que, después de LUTERO, desaparecida la unidad de la fe, se ha secado el meollo del organismo espiritual de la cristiandad, que viene a ser sustituido por algo esencial a la idea de Europa: el equilibrio entre diversas creencias coexistentes.
Todo eso se sigue de la tesis del “libre examen”, que LUTERO basa en su convicción prejudicial de que “ningún libro es más claro” que la Biblia. Secuela directa de la instauración del libre examen fue, que en vez de una fe única hubiera parigual consideración de todas las creencias; y que en lugar de la misma visión de los textos sagrados, hubiere tantas interpretaciones cuantos lectores.
El libre examen fue el mecanismo formal de la armonía externa entre las fes diversas de cada uno de los creyentes, suplantando el cuerpo orgánico de la Iglesia, que había servido de columna vertebral a la cristiandad medieval.
“Virtud y fortuna”
Completa la obra Nicolás MAQUIAVELO, desgajando su ética neopagana -fundada en la virtú que es sólo “imperiosa fuerza de voluntad”- de la ética cristiana -centrada en la virtus que es el ascético autodominio sobre los impulsos y apetitos-. Porque, al ser la virtú aquella fortaleza que rinde los sucesos a la voluntad del hombre en un juego de fuerzas estrictamente mecánico, la sociedad resulta constituida en torno a la constelación de energías que predomine cuando este pagano renacido que es l'uomo virtuoso venza la inconstancia de la adversa fortuna.
Porque desde ahí, ya no hay más que una Providencia divina personal que premia o castiga, sino una pagana fortuna, propicia o adversa según la geometría de las estrellas y los mecanismos de los astros.
“Soberanía”
Juan BODINO trasladó el mecanicismo a la política, al establecer como nudo social primero la posibilidad de la obediencia a un príncipe como una neutra relación entre el súbdito y el soberano.
La soberanía -que es válida por sí misma, porque se justifica en la efectividad de un poder neutralizado de todo contenido religioso- acabar en el absolutismo destructor del cuerpo social, en aras de fortalecer el poderío del gobernante. Y de este modo, el orden orgánico de los pueblos de la cristiandad se sustituyó por un nuevo equilibrio de fuerzas sociales, sin otro apoyo que el juego mecánico que en él establezca el cetro todopoderoso de los reyes del despotismo ilustrado, o sea, del absolutismo ejemplar del borbonismo francés.
“Leviatán”
La ruptura jurídica la consagra parcialmente Hugo GROCIO secularizando el intelectualismo tomista. Pero de un modo absoluto quien lo hace es Tomás HOBBES, secularizando el voluntarismo escotista. El derecho es en adelante el sistema mecánico natural de un monstruo, el Leviatán.
El derecho, objetiva o subjetivamente considerado, no será ya más que la regla de los equilibrios humanos, puramente humanos, en los que nada cuenta aquel orden reglado de las proporciones ordenadas, que la escolástica de la cristiandad refería necesariamente a Dios, única fuente agustiniana del orden verdaderamente proporcionado de los seres.
“Corpus mysticum, corpus mechanicum”
En fin, desde los tratados de Westfalia es asimismo mecanicista la marcha de las instituciones políticas europeas. Las relaciones internacionales se configuran como las de un corpus mechanicum, contrariamente a la organización armónica del corpus mysticum que había sido la cristiandad, en la cual propiamente no había tales relaciones inter nationes, porque sólo las había inter gentes.
En adelante ya no habrá una política universal orgánicamente entrelazada de un modo jerárquico, sino que habrá dos políticas, mecánicamente intercurrentes: la “política interior” y la “política exterior”. En la política interior, al absolutismo demoledor de los reyes sucederá o el absolutismo expreso de las democracias rusonianas, o el absolutismo tácito del sistema de frenos y contrapesos mecánicos montesqueiano. Y en la política internacional, desde 1648, el juego de las relaciones entre las potencias será un sistema de equilibrios de alianzas y contraalianzas, nunca lealmente observadas, antes mil veces traicionadas.
Europa contra la cristiandad
Sumariamente descritas estas cinco rupturas que fracturan la ingenuamente supuesta continuidad entre la cristiandad y Europa, que ya hemos criticado, podremos comprender por qué Europa no es otra cosa que la negación de la cristiandad. Basta con describir el contenido de ambos conceptos culturales, para dirimir la cuestión sin lugar a la menor sombra de duda.
Europa es mecanicismo; neutralización de poderes; coexistencia formal de credos; moral pagana; absolutismos; democracias; liberalismos; guerras nacionalistas familiares; concepción abstracta del hombre; sociedades de naciones y organizaciones de naciones unidas; parlamentarismos; constitucionalismos; aburguesamientos; soberanías; reyes que no gobiernan; indiferentismo y ateísmo y antiteísmo: revolución en suma.
Cristiandad es, en cambio, organicismo social; visión cristiana del poder; unidad de fe católica; poderes templados; cruzadas misioneras; concepción del hombre como ser concreto; cortes auténticamente representativas de la realidad social entendida por cuerpo místico; sistemas de libertades concretas; continuidad histórica por fidelidad a los muertos: tradición en suma.
Son, pues, dos civilizaciones, dos culturas polarmente contrarias. Europa es “lo europeo”: la civilización antropocéntrica de la revolución. Cristiandad es “lo cristiano”: la civilización teocéntrica de la tradición.
Europa ha nacido para liquidar la cristiandad. Muchos creen que lo ha conseguido. Y así fuera cierto, de no haber sido por un obstáculo inopinado, naturalmente imprevisible, y por eso razonablemente calificable de providencial, que surgió. Ese obstáculo se llamó y se llama así: Las Españas.
22 de janeiro de 2012
Matizando el concepto de Europa
Fuente: ¿Qué es el Carlismo? Elías de Tejada y Espínola, F., Gambra Ciudad, R. y Puy Muñoz, F. Escelicer (Madrid), 1971. 20-22.
España y Europa
Muchos intérpretes de la historia de España han juzgado que nuestra condición es la de europeos. ¿Motivos? Simples, pero eficaces. Quizá el deseo de eludir problemas acogiéndose a banderas sugestivas en un momento dado. Quizá la pura visión geográfica superficial, que sitúa a la Península Ibérica en el extremo sud-occidental de la Península Europea. No importa mucho. Pero sí importa, y muchísimo, el que quienes así opinaron no cayeron en la cuenta de que cuando se habla de Europa se alude a un concepto cultural que juega al equívoco con el otro concepto, el geográfico, del cual sólo se destaca cuando en vez de decirse “Europa”, se dice “lo europeo”.
El valor cultural “lo europeo”, diferente de la denominación geográfica simple “Europa”, nació, según una interpretación muy extendida (Cfr. por ejemplo, Christopher DAWSON, The Making of Europe. An Introduction to the History of European Unity, Sheed & Ward, London, 1939), en un momento temporal determinado, toda vez que “lo europeo” es producto de la historia y no delimitación de la geografía. Europa sería así la cultura nórdica del noroeste, cultura de tipo franco, que al expandirse fraguó el sentimiento cultural de “lo europeo”, en contraste con las demás culturas en pugna: con la arábiga de la Península Ibérica, con la bizantina anclada en el Mediterráneo oriental, y con las incipientes maneras de baltos, eslavos y fineses.
“Lo europeo” es, así, un estilo de vivir, un tipo de civilización, una concepción peculiar del mundo, que comprendería —además de las gentes geográficamente europeas— a sus prolongaciones en otros continentes, desde el estadounidense y canadiense en América septentrional, al sudafricano en África o al neozelandés y australiano en Oceanía. En esta opinión, la civilización moderna —sellada con la marca indeleble de “lo europeo”— sería la prolongación histórica del ordenado sistema de pueblos que fue aquella cristiandad medieval que, desde los días de CARLOMAGNO, venía girando alrededor del sol del papado y de la luna del imperio.
El Carlismo no acepta literalmente esta interpretación.
“Europa empieza en los Pirineos”
El Carlismo, siguiendo la enseñanza de los clásicos de las Españas áureas, otorga una importancia decisiva a la ruptura del orden de la cristiandad medieval que tuvo lugar al doblar del 1500. Y, en consecuencia, escinde la tesitura cultural de las tierras de occidente en dos modos culturales bien precisos: la moderna civilización europea, hija de tales rupturas; y la pervivencia de la concepción del mundo pertinente a la cristiandad medieval, en cuanto se prolongó en los reinos hispánicos dentro y fuera de la Península Ibérica —desde Manila a Dola, desde Caller a Lima, desde Nápoles a Lisboa—. Porque es imposible unificar en Europa al occidente de los siglos de la cristiandad que los pueblos hispánicos perpetúan, con el occidente del tipo nuevo del “europeo” moderno.
Se ha repetido hasta la saciedad que Europa empieza, o acaba, en los Pirineos. Y ello es cierto, con tal que no se suponga —con el simplismo de un párvulo recién alfabetizado— que después de Europa en los Pirineos comienza África. Pues lo que empieza en los Pirineos es el occidente pre-europeo: una zona en donde aún alientan vestigios tenaces y arraigados de la cristiandad, que allí se refugió después de que fuera suplantada en Francia, Inglaterra o Alemania por la visión “europeizada”, o sea, moderna y secularizada, de las cosas.
Pues es lo cierto, que Europa no nace en el círculo de CARLOMAGNO, restaurador del imperio cristiano en jerarquización orgánica de pueblos, luego continuada por los emperadores germánicos. Europa nace, por el contrario, al conjuro de las ideas llamadas por antonomasia “modernas”, en la coyuntura de romperse el orden cerrado del medievo-cristiano. La Edad Media de occidente desconocía el concepto de Europa, culturalmente entendida como “lo europeo”, porque sólo sabía de su antecesor, el concepto de cristiandad.
“El sol y la luna”
La cristiandad concibió al mundo como agrupación jerárquica de pueblos, entrelazados con arreglo a principios orgánicos en la subordinación al emperador y al pontífice, los dos astros de S. BERNARDO DE CLARAVAL. Y esto fue algo muy real, pese a que tuerzan el gesto quienes desconocen lo que discuten.
Numerosas herejías no inquietaron nunca el cielo teológico a donde alzaba los ojos una multitud transida de fe. Enconadas luchas no obstaron a la unidad de los sentires. Por encima de los nubarrones se encendía la claridad de un ansia de hermandad, azuzada cuando el contraste con los enemigos de Cristo enardecía a los pueblos de frontera, como en Hispania, o a los de tierras centrales hechos cruzados en Palestina. Dentro de la cristiandad, la superioridad del imperio era reconocida por los príncipes, reyes y señores. Dentro de cada señorío los hombres se ordenaban también en escala de gremios, estamentos: en sus calidades nombradas de clérigos, caballeros y populares.
La pax christiana nacía de una fe y una moral comunes, esto es, de dentro de los espíritus, y se garantizaba exteriormente con un encadenamiento de instituciones jurídicas y de sistemas políticos jerarquizados: no de los equilibrios inestables de las alianzas.
(Rafael Castela Santos)
España y Europa
Muchos intérpretes de la historia de España han juzgado que nuestra condición es la de europeos. ¿Motivos? Simples, pero eficaces. Quizá el deseo de eludir problemas acogiéndose a banderas sugestivas en un momento dado. Quizá la pura visión geográfica superficial, que sitúa a la Península Ibérica en el extremo sud-occidental de la Península Europea. No importa mucho. Pero sí importa, y muchísimo, el que quienes así opinaron no cayeron en la cuenta de que cuando se habla de Europa se alude a un concepto cultural que juega al equívoco con el otro concepto, el geográfico, del cual sólo se destaca cuando en vez de decirse “Europa”, se dice “lo europeo”.
El valor cultural “lo europeo”, diferente de la denominación geográfica simple “Europa”, nació, según una interpretación muy extendida (Cfr. por ejemplo, Christopher DAWSON, The Making of Europe. An Introduction to the History of European Unity, Sheed & Ward, London, 1939), en un momento temporal determinado, toda vez que “lo europeo” es producto de la historia y no delimitación de la geografía. Europa sería así la cultura nórdica del noroeste, cultura de tipo franco, que al expandirse fraguó el sentimiento cultural de “lo europeo”, en contraste con las demás culturas en pugna: con la arábiga de la Península Ibérica, con la bizantina anclada en el Mediterráneo oriental, y con las incipientes maneras de baltos, eslavos y fineses.
“Lo europeo” es, así, un estilo de vivir, un tipo de civilización, una concepción peculiar del mundo, que comprendería —además de las gentes geográficamente europeas— a sus prolongaciones en otros continentes, desde el estadounidense y canadiense en América septentrional, al sudafricano en África o al neozelandés y australiano en Oceanía. En esta opinión, la civilización moderna —sellada con la marca indeleble de “lo europeo”— sería la prolongación histórica del ordenado sistema de pueblos que fue aquella cristiandad medieval que, desde los días de CARLOMAGNO, venía girando alrededor del sol del papado y de la luna del imperio.
El Carlismo no acepta literalmente esta interpretación.
“Europa empieza en los Pirineos”
El Carlismo, siguiendo la enseñanza de los clásicos de las Españas áureas, otorga una importancia decisiva a la ruptura del orden de la cristiandad medieval que tuvo lugar al doblar del 1500. Y, en consecuencia, escinde la tesitura cultural de las tierras de occidente en dos modos culturales bien precisos: la moderna civilización europea, hija de tales rupturas; y la pervivencia de la concepción del mundo pertinente a la cristiandad medieval, en cuanto se prolongó en los reinos hispánicos dentro y fuera de la Península Ibérica —desde Manila a Dola, desde Caller a Lima, desde Nápoles a Lisboa—. Porque es imposible unificar en Europa al occidente de los siglos de la cristiandad que los pueblos hispánicos perpetúan, con el occidente del tipo nuevo del “europeo” moderno.
Se ha repetido hasta la saciedad que Europa empieza, o acaba, en los Pirineos. Y ello es cierto, con tal que no se suponga —con el simplismo de un párvulo recién alfabetizado— que después de Europa en los Pirineos comienza África. Pues lo que empieza en los Pirineos es el occidente pre-europeo: una zona en donde aún alientan vestigios tenaces y arraigados de la cristiandad, que allí se refugió después de que fuera suplantada en Francia, Inglaterra o Alemania por la visión “europeizada”, o sea, moderna y secularizada, de las cosas.
Pues es lo cierto, que Europa no nace en el círculo de CARLOMAGNO, restaurador del imperio cristiano en jerarquización orgánica de pueblos, luego continuada por los emperadores germánicos. Europa nace, por el contrario, al conjuro de las ideas llamadas por antonomasia “modernas”, en la coyuntura de romperse el orden cerrado del medievo-cristiano. La Edad Media de occidente desconocía el concepto de Europa, culturalmente entendida como “lo europeo”, porque sólo sabía de su antecesor, el concepto de cristiandad.
“El sol y la luna”
La cristiandad concibió al mundo como agrupación jerárquica de pueblos, entrelazados con arreglo a principios orgánicos en la subordinación al emperador y al pontífice, los dos astros de S. BERNARDO DE CLARAVAL. Y esto fue algo muy real, pese a que tuerzan el gesto quienes desconocen lo que discuten.
Numerosas herejías no inquietaron nunca el cielo teológico a donde alzaba los ojos una multitud transida de fe. Enconadas luchas no obstaron a la unidad de los sentires. Por encima de los nubarrones se encendía la claridad de un ansia de hermandad, azuzada cuando el contraste con los enemigos de Cristo enardecía a los pueblos de frontera, como en Hispania, o a los de tierras centrales hechos cruzados en Palestina. Dentro de la cristiandad, la superioridad del imperio era reconocida por los príncipes, reyes y señores. Dentro de cada señorío los hombres se ordenaban también en escala de gremios, estamentos: en sus calidades nombradas de clérigos, caballeros y populares.
La pax christiana nacía de una fe y una moral comunes, esto es, de dentro de los espíritus, y se garantizaba exteriormente con un encadenamiento de instituciones jurídicas y de sistemas políticos jerarquizados: no de los equilibrios inestables de las alianzas.
(Rafael Castela Santos)
21 de janeiro de 2012
Credo do Incrédulo
(...) los actuales doctores ortodoxos, un Chesterton, un Belloc (...) los que aun conservan la fe viva.
Leonardo Castellani, in "Papeles de Benjamin Benavides", Buenos Aires, Editorial Cintra, 1954, página 76.
18 de janeiro de 2012
Distributismo e Governo
Distributism and Government
Critics of Distributism often charge that the theory is no more than a variety of socialism. This charge is odd for two reasons: One, socialism is the theory that there should be no private property, while Distributism is the theory that property ought to be spread as broadly as possible; the two are precisely opposite. Two, the actual practice of Distributism, in Mondragón and other places, is more “libertarian” than anything the libertarians have been able to accomplish. Nevertheless, the critique cannot be passed off lightly because the very term “distributism” conjures up the specter of “re-distribution,” the idea that some committee of bureaucrats will decide who will, and who will not, own property.
But in the main, Distributism is not so much about what the government ought to do as about what it ought to stop doing. The claim of the Distributist in this regard is not much different from the claim of the pure libertarian: It is government which fosters the accumulation of property into fewer and fewer hands. Indeed, without the aid and protection of government, the piles of capital could not have grown as high as they have. And the higher the piles of private capital grow, the thicker the walls of public power necessary to protect them. Big government and big capital go together, and this is a simple fact of our history, beyond all reasonable dispute.
That being said, there are clearly cases where government must, in fact, redistribute property. The case of Taiwan comes to mind, where the population was held in virtual slavery to a few landowners. The remarkable prosperity of that island is traceable to the decisive action of the land-to-the-tiller program, which made most of the sharecroppers into independent farmers. Those who would defend the landowners and the sanctity of property over the misery and poverty of the people corrupt the very notion of property. Property is a sacred right, but not an absolute one. Every proper right is known by its limits, and an absolute right is not a right at all, but the seedbed of tyranny. Property that depends on the slavery of others is certainly not legitimate property. And in such egregious cases, the government can indeed take egregious action.
And then there is the case of the entities deemed “too big to fail,” or more accurately, too big to succeed without generous drafts from the public purse. It is quite legitimate to break up such companies and to distribute them either to the local or regional banks or to the employees. The same principle applies to the failed industrial giants that require public life support. They can be broken up and turned over to the workers through the simple expedient of placing contractual obligations for pay and pensions on the same level as the contractual obligations to the bondholders. Then we can see if the workers can run these factories any better than the geniuses in Detroit. If the similar experience in Argentina is any guide, they might do very well indeed.
Finally, we can note that as long as capitalism endures, distributists may legitimately call on the power of government to limit its manifold excesses. For example, so long as there are monopolies, price-controls are a legitimate public response. Ideally, we would want to eliminate such monopolies that are not strictly necessary, but as long as the government protects monopolies, it is reasonable to ask for protection from monopolies.
All that being said, our main interest in dealing with government is to deal it out of the game. It is not that there would be no government—we are not anarchists—but compared to the size and scale of the current mercantilism, it would look a lot like “no government.” Still there are functions which are properly left to the community and these would be left in place. Anyone who objects to any government whatsoever as a form of socialism ought not to pull that socialist lever in their home, the one that makes their waste disappear in a whirlpool into the socialized sewage treatment plant.
Building an ownership society involves both political and economic goals. The political goals are based on the principles of subsidiarity and solidarity. The economic goals are built on the principle that justice is intrinsic to economic order, and not some added extra or exogenous feature.
Subscrever:
Mensagens (Atom)