10 de abril de 2012

Lorax



Um delicioso filme de animação que assume - muito para além do simples aspecto da defesa ecológica e preservação da natureza com que a crítica o tem conotado - uma subtil mas não menos efectiva mensagem contra o Estado servil na sua vertente plutocrática. A ver e descobrir. Autêntica e espontaneamente distributista.

6 de abril de 2012

Pilatos, o perfeito democrata relativista


Pilatos se vivesse na actualidade em Portugal, provavelmente militaria num partido da direita catita, desses que em nada se distinguem da esquerda caviar. Alinharia com aqueles para quem a política não é a actividade moral que consiste em ordenar o todo social à prossecução do bem comum, mas tão-só um mero expediente de salvaguarda de rasteiros interesses privados, para quem tudo se admite, tolera e está bem, desde que não lhes mexam na sacrossanta carteira. Ou então enfileiraria directamente com certas ratazanas progressistas estalinistas, apaniguadas incondicionais da cultura da morte. Em qualquer das hipóteses, seria sempre um perfeito democrata relativista.

***

En la condena del justo hay siempre algo que nos estremece, porque todos tenemos muy arraigada, casi podríamos decir que inscrita en los genes (aunque muchos traten de oscurecerla), una noción natural de la justicia; y si la conculcación de la justicia es siempre aborrecible, cuando sirve para condenar al inocente resulta aberrante. A quienes estudian leyes se les debería proponer el análisis del proceso a Jesús, en el que la injusticia adquiere una densidad rabiosa, pululante de irregularidades que lo convierten en una monstruosidad jurídica: el Sanedrín se reunió en el tiempo pascual, cosa que le estaba vedada; los testimonios contra Jesús fueron falsos y contradictorios; no hubo testigos de descargo, ni se permitió que el reo dispusiera de defensor; la sentencia del Sanedrín no fue precedida de la preceptiva votación; se celebraron dos sesiones en el mismo día, sin la interrupción legal establecida entre la audición y la sentencia; el sentenciado fue después enviado a la autoridad romana, que el Sanedrín no reconocía como legítima y que, además (como el propio Pilatos observa), no tenía jurisdicción sobre delitos religiosos; el delito de conspiración contra el César, que los miembros del Sanedrín promovieron después, no estaba penado con la crucifixión, a menos que hubiese mediado sedición armada, cosa que manifiestamente no hizo Jesús; y, en fin, dejando aparte otras irregularidades, el procurador romano lo mandó a la muerte sin pronunciar la sentencia oficial, cosa que un juez no puede hacer, pues es tanto como abdicar de su oficio.

Son solo algunas de las irregularidades que pueblan este proceso; y cualquiera de ellas bastaría para que se considerase nulo. Pero quizá lo que más nos conturba de este proceso oprobioso no sea la actitud furibunda o fanática de los miembros del Sanedrín, sino la cobarde y frívola del procurador Poncio Pilatos, que tras reconocer públicamente la inocencia del acusado («No encuentro culpa en él») lo manda sin embargo a la muerte, entregándolo para que lo crucifiquen, por miedo a la chusma. Analizando este pasaje evangélico, Hans Kelsen, el célebre teórico del Derecho y pope del positivismo jurídico, concluye que Pilatos se comporta como un perfecto demócrata, al menos en dos ocasiones. La primera, cuando en el interrogatorio primero que hace a Jesús, este le responde: «Todo el que es de la verdad escucha mi voz»; a lo que Pilatos replica con otra pregunta: «¿Qué es la verdad?». Para Kelsen, un demócrata debe guiarse por un necesario escepticismo; las indagaciones filosóficas o morales en torno a la verdad deben resultarle, pues, por completo ajenas. La segunda ocasión en la que Pilatos, a juicio de Kelsen, se comporta como un perfecto demócrata es cuando, ante la supuesta imposibilidad de determinar cuál es la verdad, se dirige a la multitud congregada ante el pretorio y le pregunta: «¿Qué he de hacer con Jesús?». A lo que la multitud responde, sedienta de sangre: «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!». Pilatos resuelve el proceso de forma plebiscitaria; y puesto que la mayoría determina que lo que debe hacerse con Jesús es crucificarlo, Pilatos acata ese parecer.

La exposición de Kelsen puede parecernos brutal, pero nadie podrá negar que, en efecto, Pilatos es un modelo de político demócrata: escéptico hasta la médula, considera inútil tratar de determinar cuál es la verdad; y, en consecuencia, somete a votación popular el destino de Jesús. Y esta es la encrucijada en la que se debaten las democracias: renunciando a emitir un juicio ético objetivo (renunciando, en definitiva, a establecer la verdad de las cosas), el criterio de la mayoría se erige en norma; y, de este modo, la norma ya nunca más obedecerá a la justicia, sino a las preferencias caprichosas o interesadas de dicha mayoría. Es una solución relativista que está gangrenando las democracias; y que, de no corregirse, acabará destruyéndolas desde dentro, que por lo demás es como han sucumbido siempre todas las organizaciones humanas que no han preservado un núcleo de nociones morales netas; y en las que, inevitablemente, el justo acaba siendo perseguido y condenado, como un criminal cualquiera, para regocijo de los auténticos criminales.

Pero Kelsen tenía razón: Pilatos es un perfecto demócrata; por lo que las democracias relativistas deberían alzarle monumentos en los parques públicos e instituir fiestas –con lavatorio de manos incluido– que celebren su memoria.

1 de abril de 2012

Uma confissão

De Juan Manuel de Prada. Faço-a minha. Numa altura em que também por cá o governo adopta uma nova legislação laboral, mais inspirado em motivos de puro desforço ideológico liberal, do que em quaisquer razões sérias de eficácia económica.
***
Leo en ABC que un artículo mío sobre la «liberalización completa» de los horarios comerciales promovida por Esperanza Aguirre «ha provocado numerosas y encendidas reacciones». Ocurre esto poco después de que un amigo me advirtiera que mis artículos de asunto socio-económico eran leídos con preocupación desde altas instancias, por «hallarse a un paso de las tesis marxistas»; cosa que me perturbó sobremanera, pues en tales artículos no hago sino divulgar los principios de la doctrina social de la Iglesia. Ignoro si se halla a un paso de las tesis marxistas afirmar que es anticristiano ligar salarios y productividad, o condenar la emergencia de un nuevo poder tiránico, fundado en la concentración del dinero, que llega a convertir a los Estados en marionetas a su servicio; pero esto es exactamente lo que hace Pío XI en Quadragesimo Anno, mi encíclica predilecta de asunto social; en la que, por cierto, se contienen execraciones vigorosísimas del socialismo.

Yo crecí en una familia católica y, llegada la adolescencia, dejé que aquel caudal se esclerotizara dentro de mí; quiero decir que me convertí en uno de tantos católicos rutinarios e inertes que, sin apostatar de la fe, se vuelven sal sosa. En la juventud volví a acercarme, con interés inquisitivo, a la fe de mis mayores: al principio, intrigado al comprobar que la Iglesia era la diana más concurrida por las invectivas de los llamados «intelectuales»; luego, como a Chesterton, me ocurrió que en la Iglesia descubrí «un continente lleno de extrañas flores y animales fantásticos, a la vez salvaje y hospitalario». Penetrar en aquel continente, «vislumbrar grandes ideas que permanecían escondidas por los prejuicios ambientales», fue también para mí, como para Chesterton, una gran dicha. Y decidí quedarme allí, aun a sabiendas de que «la única herejía imperdonable en nuestro tiempo es la ortodoxia». Mi temor, en este regreso del hijo pródigo, era que la fe religiosa estrangulara o asfixiara mi libertad; pero pronto descubriría, como señala Chesterton, que «cuando uno ha entrado en la iglesia, siente que es mucho más espaciosa por dentro que por fuera». La Iglesia, en efecto, es una casa con cien puertas; y nadie entra exactamente por la misma.

Este regreso a la Iglesia me liberó de la «degradante esclavitud de ser un hijo de mi tiempo». Me enseñó que las ideologías son las verdaderas cárceles que estrangulan y asfixian la libertad humana, porque al fin y a la postre todas se fundan en «las viejas virtudes cristianas que se han vuelto locas», desgajadas del núcleo común que las nutre. Frente a la visión escindida de la realidad que me brindaban las ideologías, descubrí que el depósito de sabiduría acumulada por la Iglesia me permitía dar respuesta no sólo a las realidades sobrenaturales, sino también a las naturales, ya fuesen de índole política, social o económica. Esta derrota del «dualismo» que hasta entonces me había corrompido —un dualismo que separa el plano natural del sobrenatural— fue para mí un gran gozo intelectual; y entonces noté que mi libertad, lejos de morir víctima del estrangulamiento o de la asfixia, se expandía como nunca antes lo hubiese soñado. Descubrí, por ejemplo, que defender la vida y la familia no tenía demasiado sentido, si al mismo tiempo no se defendía una concepción del trabajo que permitiese a la gente criar dignamente a sus hijos y dedicarse a su familia. Y toda forma de trabajo que dificulte o impida esta misión primordial, imponiendo una concepción mecanicista del hombre y de las relaciones económicas, me parecerá siempre anticristiana, ya la impulsen Aguirre, Rajoy o el sursuncorda.

Leitura recomendada

- Sobre a crítica ao Distributismo [parte I] e Sobre a crítica ao Distributismo [parte II], dois artigos originalmente publicados no Perspectivas.

13 de março de 2012

Realtà e intelletto

“ll primo atto dell’intelletto è afferrare la realtà in atto e l’atto della realtà: uno entra nell’altro.”

Cornelio Fabro, CSS

11 de março de 2012

La unidad religiosa, encrucijada de la teología y de la política

Texto completo aquí.

«A lo largo de la historia, los españoles siempre tuvimos a honra la preservación de nuestra Unidad religiosa católica, desde que la juró Recaredo en el III Concilio de Toledo -año 589- hasta la ley todavía cercana de 1968 (que, como consecuencia del II Concilio Vaticano, proclamó la “libertad religiosa”) y más propiamente hasta la vigente Constitución laica de 1978, con la sola excepción de los cinco años de la II República. Incluso las Constituciones liberales del siglo pasado, por más que afirmasen como origen del poder el propio pacto constitucional, establecían la Unidad religiosa y la confesionalidad católica del Estado como punto primero de esa convención. Es decir, el Rey y las leyes reconocieron siempre a la religión católica como religión oficial, y los cultos públicos, la enseñanza y las costumbres se regularon dentro de los supuestos básicos de la fe católica.
Los sucesivos centenarios de aquel concilio toledano fueron siempre celebrados como una gloria nacional, símbolo de fidelidad y de paz espiritual. Distinto será el caso en este centenario, el decimocuarto. Ya no se recordará como el origen gozoso de algo vigente, sino, por vez primera, como algo pretérito, superado. Tampoco las autoridades lo conmemorarán -si es que lo conmemoran- como un bien pasado, añorable, sino, todo lo más, como una situación “cultural” que tuvo su razón de ser en otras épocas, pero que ha sido ya sustituida por nuevas formas de convivencia civil y religiosa “pluralistas”, “laicas” o “humanistas”.
[…]
[P] arece preciso aclarar previamente lo que entendemos por unidad religiosa. La unidad religiosa y la confesionalidad del Estado no suponen imponer a nadie una fe religiosa (lo que es moral y físicamente imposible) ni menos, su práctica. Ni siquiera prohibir el culto privado de otras religiones. Supone, sí, que las leyes se atengan a una moral inmutable cuyo cimiento religioso se hallará, en último término, en los Mandamientos de la ley de Dios. Y que el Estado profesará y protegerá la religión católica como única exteriorizable públicamente.
[…]
Pero esto, además de un deber religioso, es para el hombre una necesidad práctica en el orden político: si la vida social y las leyes dejan de apoyarse en unos principios inmutables para convertirse en opinión y sufragio, todo queda sometido a discusión, y el desorden moral y civil crece hasta hacerse incontenible. Como aconteció a los romanos en su última decadencia, llega un momento en que la sociedad no soporta ni sus males ni sus remedios.
No puede subsistir, en efecto, un gobierno estable que no se asiente en lo que se ha llamado una “ortodoxia pública”. Es decir, un punto de referencia que permita apelar a un criterio superior de autoridad y obligatoriedad, base de las instituciones, las leyes, las sentencias. Y un consenso ambiental -más o menos consciente- sobre las normas de conducta y los valores vigentes en esa sociedad, normas que trasciendan la mera voluntad humana o la utilidad pública. Al igual que toda civilización histórica se ha formado siempre en torno a una vivencia religiosa (piénsese en la Cristiandad o en el Islam), el gobierno de los hombres ha de poseer una referencia última a ese cimiento religioso o sacral. Cuando éste falta o se niega -como en la democracia moderna- se cae en el puro positivismo legal, y se vive de lo que quede de fe ambiental en las conciencias, en las familias y en las costumbres. Cuando nada queda ya todo se hace incierto y discutible y la sociedad se desmorona. La pérdida de una unidad religiosa es el origen de la actual disolución -más o menos rápida- de las nacionalidades y civilizaciones.
[…]
Cuando se establece la democracia moderna como sistema y se acepta la “libertad religiosa” (y el consecuente laicismo de Estado) resulta ya imposible mandar o prohibir cosa alguna. ¿En nombre de qué se preservará en una tal sociedad el matrimonio monógamo e indisoluble? ¿Bajo qué titulo se prohibirá el aborto, la eutanasia o el suicidio? ¿Qué se podrá oponer al nudismo, a la objeción de conciencia militar, a las drogas o a la promiscuidad de las comunas? Bastará con que el afectado por el mandato o la prohibición apele a una religión cualquiera -incluso inventada o individual- que autorice tal práctica o la prohiba. ¿Qué límite podrá poner el Estado a esa libertad religiosa si se la supone basada en “el derecho de la persona”.
Quien desee divorciarse o vivir en poligamia no tendrá sino declararse adepto a múltiples religiones orientales o al Islam o a los mormones. Quien desee practicar la eutanasia o inducir al suicidio, podrá declararse sintoísta. El que quiera practicar el nudismo público alegará su adscripción a la religión de los bantúes, y los objetores al servicio militar buscarán su apoyo en los Testigos de Jehová. En fin, los que vivan en promiscuidad o se droguen hallarán un recurso en los antiguos cultos dionisiacos o báquicos. La inviabilidad última de cualquier gobierno humano (que no recurra simplemente al voluntarismo y la fuerza) se hace así patente. la “libertad religiosa” es, por su misma esencia, la muerte de toda autoridad y gobierno.
Mientras esto llega -y está a la vista en el horizonte histórico- la religión verdadera pierde rápidamente audiencia al verse privada del apoyo de las leyes y las costumbres, al ser relegada a la condición de una opción entre mil, y enfrentada al estallido de las pasiones. Y otras religiones -sobre todo las ocultistas e hinduistas- ocupan en el corazón de los hombres el puesto que ha dejado, por su propia abdicación, la religión de sus padres y de su civilización.
De donde se deduce que ni una religiosidad ambiental o popular puede subsistir sin el apoyo de una sociedad religiosamente constituida, ni el poder público puede ejercerse con autoridad y estabilidad si se prescinde de una instancia superior, religiosa, de común aceptación.»

Rafael Gambra (1989)

7 de março de 2012

Distributismo prático em acção

Na Grécia, através da aproximação entre produtores e consumidores, exemplificada na venda directa de batatas ao público que os agricultores helénicos iniciaram recentemente, com a consequente eliminação de intermediários. Ler aqui e aqui.

4 de março de 2012

Da aplicação do distributismo nas sociedades contemporâneas

Deixo abaixo mais um importante artigo de Juan Manuel de Prada, onde se analisa a viabilidade da aplicação do distributismo nas sociedades contemporâneas, transcrito com a devida vénia do “Religion en Libertad” e originalmente publicado no semanário católico madrileno “Alfa y Omega”.

***

Hilaire Belloc y G.K. Chesterton consideraron siempre que el capitalismo era la gran plaga que impedía la floración de una sociedad auténticamente cristiana, por haber introducido la competencia en las relaciones conyugales, desarraigado al hombre de su tierra y nublado las virtudes de nuestros mayores, convirtiendo a los seres humanos en máquinas al servicio de la producción. «El capitalismo -escribiría Belloc- constituye una calamidad no porque defienda el derecho legal a la propiedad, sino porque representa, por su propia naturaleza, el empleo de ese derecho legal para beneficio de unos pocos privilegiados contra un número mucho mayor de hombres que, aunque libres y ciudadanos en igualdad de condiciones, carecen de toda base económica propia».

En la grandiosa encíclica Rerum novarum (1891), de León XIII, en la que se condenan las condiciones oprobiosas, lindantes con la esclavitud, en las que vivía una muchedumbre infinita de proletarios, hallarían Chesterton y Belloc el aliento para impulsar, en compañía de Arthur Penty y el padre Vincent McNabb, un nueva doctrina económica, alternativa al capitalismo y al socialismo, cuyo fin último es promover el Reinado Social de Cristo.

El distributismo se funda en las instituciones de la familia y la propiedad, pilares básicos de un recto orden de la sociedad humana; no cualquier familia, desde luego, sino la familia católica comprometida en la procreación y fortalecida por vínculos solidarios indestructibles. Tampoco cualquier propiedad, y mucho menos la propiedad concentrada del capitalismo, sino una propiedad equitativamente distribuida que permita a cada familia ser dueña de su hogar y de sus medios de producción. El trabajo, de este modo, deja de ser alienante y se convierte en un fin en sí mismo; y el trabajador, al ser también propietario, recupera el amor por la obra bien hecha, y vuelve a mirar a Dios, al principio de cada jornada, con gratitud y sentido de lo sagrado, santificando de veras sus quehaceres cotidianos.

Por supuesto, la sociedad distributista preconizada por Chesterton y sus amigos se rige por el principio de subsidiariedad y por la virtud teologal de la caridad, que antepone el bien común al lucro personal. Se trataría de lograr que cada familia cuente con los medios necesarios para su subsistencia, bien mediante la producción propia, bien mediante el comercio con otras familias o comunidades de familias, con las que se asociará para realizar obras públicas y garantizar la educación cristiana y el aprendizaje de los oficios para sus hijos.

Los gremios vuelven a ser, en la sociedad distributista, elemento fundamental en la organización del trabajo.

El distributismo no postula una sociedad de individuos iguales, empachados de una libertad que acaba destruyendo los vínculos comunitarios, sino una sociedad verdaderamente fraterna, regida por los principios de dignidad y jerarquía, en la que mucho más que el bienestar importa el bien-ser.

Algunos la juzgarán una sociedad utópica; yo la juzgo perfectamente realizable, en un tiempo como el presente, en que el capitalismo financiero y el llamado cínicamente Estado social de Derecho se tambalean, heridos de muerte. Sólo hacen falta católicos radicales e intrépidos, con poco que perder (el soborno del mundo) y mucho que ganar (la vida eterna).

Juan Manuel de Prada

1 de março de 2012

As duas democracias


O título deste artigo remete directamente para o livro do ilustre autor católico tradicional francês Jean Madiran, “Les Deux Démocraties”, cuja tradução do original francês para língua espanhola - “Las Dos Democracias” - publicada pela Editorial Iction, de Buenos Aires, no já distante ano de 1980, pude ler pouco depois de haver descoberto a tradição católica.

Em tão notável trabalho, Madiran abana violentamente um dos bezerros de ouro mais intocáveis do mundo moderno, ou seja, a democracia, analisando-a à luz do pensamento católico tradicional. De acordo com este último, aquela é apenas uma das formas de regime através dos quais uma sociedade se pode organizar politicamente, mas não a única possível ou legítima para o efeito.

De facto, a legitimidade de um regime político não se afere pela mera lei da quantidade ou do número de votos obtidos num acto eleitoral - as mais das vezes condicionado pela força do dinheiro, pervertido pela intervenção de discretos lóbis e subtis grupos de pressão, e, enfim, subvertido pelos fazedores de opinião publicada -, mas pela conformidade da sua praxis com a lei divina revelada e, consequentemente, com a lei moral natural, ambas precedendo a lei humana positiva, que com aquelas duas se deve conformar.

Desta maneira, a democracia, se entendida no sentido clássico (ateniense ou suíço) do termo, isto é, tão-só como a escolha directa dos governantes pelos governados, desde que limitada por aquelas realidades que lhe são superiores - a lei divina revelada e a lei moral -, é uma das formas de governo admitidas pela doutrina católica tradicional, conjuntamente com a monarquia e a aristocracia. E independentemente da forma concreta que cada sociedade em dado momento da sua evolução histórica adopte, todas elas estão subordinadas a uma doutrina única que lhes é comum, prévia e superior, pois existe um só e só um ensinamento universalmente verdadeiro sobre realidades tão específicas como a família, a propriedade, a justiça, o bem e o mal.

Pelo contrário, a democracia liberal moderna, nascida da convulsão revolucionária de 1789, idolatrizando a vontade ilimitada do homem, a qual é erigida em estalão único de legitimidade política e sem quaisquer barreiras que se lhe possam eficazmente opor (os limites constitucionais são uma mera ficção, passíveis de revisão a qualquer momento, submetidos que estão também àquela vontade ilimitada), vem a constituir afinal uma efectiva ditadura do relativismo ético-moral, uma opressão da verdade e, na sua forma mais pura e radical, um totalitarismo niilista que não hesita - nada paradoxalmente, ao contrário do que é costume supor-se - em eliminar todos os que com ele não se conformam, como o comprova à saciedade a História dos últimos duzentos anos, se lida com olhos de ler.

Como é evidente, esta segunda forma de democracia não só não merece o mínimo assentimento do pensamento doutrinário católico tradicional, como na sua forma extrema é por ele expressamente condenado.

Assim, na Encíclica "Quanta Cura", o Beato Pio IX ensina expressamente que "(…) não é verdade que a vontade do povo, expressada através da opinião pública ou por qualquer outro modo, constitua a lei suprema, independente de todo o direito divino ou humano", ensinamento este que é confirmado e reafirmado de forma magistral por São Pio X, na Encíclica “Notre Charge Apostolique”, autêntica condenação “avant la lettre” daquilo que posteriormente se convencionou chamar de “progressismo cristão”.

Do Chesterton de língua espanhola - O que é a religião modernista?


De um dos meus livros preferidos do Chesterton de língua espanhola, como lhe chama Juan Manuel de Prada, “Los Papeles de Benjamin Benavides”, deixo abaixo uma das mais bem elaboradas definições da religião modernista que alguma vez encontrei. Sublinhe-se que neste livro extraordinariamente bem escrito, com edição original de 1954 e de leitura simplicíssima como é próprio das verdadeiras obras-primas, o Padre Leonardo Castellani analisa aprofundadamente aquele que foi o seu tema de estudo favorito ao longo da sua vida - o Apocalipse de São João. Num conjunto de diálogos que o narrador, o jornalista argentino Delrey, alter-ego do autor, trava com um rabino sefardita convertido ao Catolicismo, Don Benya ou Benjamin Benavides, Castellani sustenta de modo muitíssimo convincente ser o Apocalipse um livro simultaneamente retrospectivo e prospectivo, no qual é narrada e/ou prevista toda a História da Igreja até ao final dos tempos, que serão consumados com a segunda vinda de Cristo à Terra. Por ora, cinjamo-nos à definição da religião modernista feita por “Don Benya”.

***

"- Qué es el modernismo - pregunté yo.

El judío se rascó la cabeza. Parecía agotado.

- No se puede definir brevemente - dijo con voz plañidera-. Es una cosa que era y no es y que será; y cuando sea, durará poco. Técnicamente los teólogos llaman "modernismo" a la
herejía aparentemente complicada y difícil que condenó el Papa Pio X en la Encíclica Pascendi; pero esa herejía no es más que el núcleo explícito y pedantesco de un impalpable y omnipresente espíritu que permea el mundo de hoy. Su origen histórico fué el filosofismo del siglo XVIII, en el cual con certero ojo el P. Lacunza vio la herejía del Anticristo, la última herejía, la más radical y perfecta de todas. Desde entonces acá ha revestido diversas formas, pero el fondo es el mismo, dice siempre lo mismo:

Cuá cuá - cantaba la rana
cuá cuá - debajo del río.

- Y qué dice?

- Cualquiera interpreta lo que dice una rana! - dijo riendo el rabí - es más un ruido que una palabra. Pero es ruido mágico, arrebatador, demoníaco, lleno de "signos y prodigios"... Atrae, aduerme, entontece, emborracha, exalta.

- Pero al menos así aproximado, a bulto;... Ánimo, Don Benya, non se achique!

- El "cuá - cuá" del liberalismo es "libertad, libertad, libertad"; el "cuá - cuá" del comunismo es "justicia social"; el "cuá - cuá" del modernismo, de donde nacieron los otros y los reunirá un día, podríamos asignarle éste: "Paraíso en Tierra"; Dios es el Hombre; el hombre es dios".

- Y la "democracia"? - pregunté yo.

- Es el coro de las tres juntas: democracia política, democracia social y democracia religiosa:

Demó - cantaba la rana
Crácia - debajo del río.

- Y la democracia cristiana? - le dije sonriendo.

- Nunca he entendido del todo lo que entienden los entendidos por ese compuesto, aunque entiendo que se puede entender por él varias cosas buenas - barbotó él -, a saber: "amor del pueblo", "representación popular", "participación de todos en lo político", o simplemente "gobierno bueno" - gruñó el judío-. Con este mixto no me meto; con el simple me meto yo, con el simple! Con la canción de la rana, que significa un régimen político religiosamente salvífico y por tanto necesario y hasta obligatorio para todos los pueblos "núbiles" que decía Víctor Hugo. Lo cual es una simpleza. Y una herejía definitiva contra el vero salvador, contra "el único nombre que puede salvar al hombre", que dijo San Pedro. "las nuevas herejías ponen el hacha no en las ramas sino en la misma raíz" - dijo Pio X en la encíclica Pascendi.

- Pero herejías siempre las ha habido, y algunas muy extremadas y perversas... por qué estas tres de ahora han de ser las Tres Ranas o Demonios; y no quizás otras tres cualesquieras... por ejemplo, otras tres que surjan en el futuro de aquí a mil años, pongamos por ejemplo?

- Eche años! - dice el hebreo con "rictus"-. No, estas son las tres primeras herejías con efecto político y alcance universal; y son las tres ultimas herejías, porque no se puede ir más allá en materia de falsificación del cristianismo. Son literalmente los "pseucristos" que predijo el Salvador. En el fondo de ellas late la "abominación de la desolación"...

- Qué es la "abominación de la desolación"? Tengo entendido que los Santos Padres entienden por esa expresión semítica la idolatría...

- La peor idolatría. Pues en el fondo del "modernismo" está latente la idolatría más execrable, la apostasía perfecta, la adoración del hombre en lugar de Dios; y éso bajo formas cristianas y aún manteniendo tal vez el armazón exterior de la Iglesia".

27 de fevereiro de 2012

Religião, o ópio do povo

Alguns pensadores já tinham associado o ópio à religião e Hegel foi o primeiro a cunhar a celebérrima "religião é o ópio do povo" mas é de Marx que o Mundo inala o seu significado mais lato.

Maquiavel havia recomendado ao "Príncipe" o cultivo da religiosidade para ânimo do povo e desde sempre políticos, muito conscientemente, empregaram a religião com propósitos aglutinadores e de diversão.

Com mais ou menos cedências clericais, o que é certo é que esta é uma manobra de domínio do Estado sobre a Religião mas a contemporaneidade lê na máxima hegeliana uma culpa de sentido inverso. E tem razão!

A culpa não é institucional mas sim do povo religoso, simplificando, da massa cristã anónima. O Povo é alienado pela religião porque não tem consciência crítica da sua relação com Deus. A religiosidade da maioria dos cristãos é meramente ritualista, vazia de significado e oca de interesse.

(Numa sociedade do descartável, a velocidade do uso só permite apreender a forma, negligenciando-se, por contingência de esforço, o conteúdo)

E é claro que uma religiosidade ritualista pode ser aproveitada pela política. Um ritual alimenta-se a si próprio: o seu cumprimento justifica evitar-se o seu incumprimento; a ansiedade sedentária no seu incumprimento justifica o seu cumprimento.

A religião é um caminho do Homem para Deus. Um povo que vive a religião apenas formalmente, não está a percorrer o caminho: parou. E porque parou, distrai-se com as montras.

Se os cristãos cumprissem os desígnios de Jesus e lutassem diariamente pela melhoria da sua vida interior e da relação com os irmãos, paulatinamente a sua actividade religiosa seria mais intensa e segura de si mesma e a religião não seria ópio mas apenas o caminho a que se propõe.

24 de fevereiro de 2012

Chesterton and the Task of Women

Supposing it to be conceded that humanity has acted at least not unnaturally in dividing itself into two halves, respectively typifying the ideals of special talent and of general sanity (since they are genuinely difficult to combine completely in one mind), it is not difficult to see why the line of cleavage has followed the line of sex, or why the female became the emblem of the universal and the male of the special and superior. Two gigantic facts of nature fixed it thus: first, that the woman who frequently fulfilled her functions literally could not be specially prominent in experiment and adventure; and second, that the same natural operation surrounded her with very young children, who require to be taught not so much anything as everything. Babies need not to be taught a trade, but to be introduced to a world. To put the matter shortly, woman is generally shut up in a house with a human being at the time when he asks all the questions that there are, and some that there aren’t. It would be odd if she retained any of the narrowness of a specialist. Now if anyone says that this duty of general enlightenment (even when freed from modern rules and hours, and exercised more spontaneously by a more protected person) is in itself too exacting and oppressive, I can understand the view. I can only answer that our race has thought it worth while to cast this burden on women in order to keep common-sense in the world. But when people begin to talk about this domestic duty as not merely difficult but trivial and dreary, I simply give up the question. For I cannot with the utmost energy of imagination conceive what they mean. When domesticity, for instance, is called drudgery, all the difficulty arises from a double meaning in the word. If drudgery only means dreadfully hard work, I admit the woman drudges in the home, as a man might drudge at the Cathedral of Amiens or drudge behind a gun at Trafalgar. But if it means that the hard work is more heavy because it is trifling, colorless and of small import to the soul, then as I say, I give it up; I do not know what the words mean. To be Queen Elizabeth within a definite area, deciding sales, banquets, labors and holidays; to be Whiteley within a certain area, providing toys, boots, sheets cakes. and books, to be Aristotle within a certain area, teaching morals, manners, theology, and hygiene; I can understand how this might exhaust the mind, but I cannot imagine how it could narrow it. How can it be a large career to tell other people’s children about the Rule of Three, and a small career to tell one’s own children about the universe? How can it be broad to be the same thing to everyone, and narrow to be everything to someone? No; a woman’s function is laborious, but because it is gigantic, not because it is minute. I will pity Mrs. Jones for the hugeness of her task; I will never pity her for its smallness.

- What’s Wrong with the World? (1911)

Estado Ideal

Escrevi este artigo ontem para o blogue da Plataforma Pensar Claro (http://plataformapensarclaro.blogspot.com/2012/02/estado-ideal.html) e deixo a provocação aqui também.

As preferências políticas de Platão são conhecidas. Organizaria uma polis do seguinte modo: à sua cabeça estaria o Filósofo-Rei, aquele que é capaz de alcançar a Verdade que habita no mundo das Ideias e apenas ao alcance dos filósofos; os Guardiões assegurariam a segurança interna e a protecção externa; e os Trabalhadores conceberiam os bens e serviços para a sociedade.

O regime é este embora a sua justificação seja mais extensa. Trata-se de uma Aristocracia na acepção helénica, original: o poder dos melhores. A degeneração política desembocaria, em ordem crescente de doença, no seguinte: Timocracia, o poder dos Nobres (o menor dos males); Oligarquia; Democracia; e Tirania.

Animado por estas proposições, também eu apresento o meu estado ideal: a Teocracia em que o Clero administra espiritualmente e as comunidades, chefiadas pelos seus pastores, se organizam materialmente, ordenando assim esse grande convento que seria o Mundo. Não haveria governante porque o Santo Padre é o representante de Cristo na Terra.

Não é utópico mas é difícil; isto é uma declaração e não uma explicação. As utopias não são irrealizáveis: o que existe é preguiça e ganância. Tudo é possível.

A Democracia é o demónio da política, da sociedade e da intelectualidade no geral. Notoriamente não figura nas minhas preferências políticas. E eu podia dizer tudo isto em qualquer regime, escusam de tentar atirar-me aquela fábula do "só podes ser anti-democrata porque estás em democracia". O que importa é assumir as consequências, isso é que é liberdade.

Como dizia D. Manuel Falcão, Bispo de Beja, o comunismo é uma "ideologia simpática". O comunismo é uma forma exacerbada de Absolutismo. Pelo menos o comunismo prático: a sucessão soviética fez-se por filhos ou "enteados" políticos. Mas para os mais cépticos, atentai na Coreia do Norte. E acompanho D. Manuel Falcão porque gosto do Absolutismo; e ao contrário daqueles que regurgitam "gostas do Absolutismo se fores tu o Rei" eu solicito a sua atenção para a vida em família, uma simpática forma de Absolutismo dos tempos modernos; eu sou filho, note-se. "Gosto disto".

E também me merece a mais profunda estima o Feudalismo. Agora os críticos mais acirrados dir-me-iam que estou em contradição: como posso estimar simultaneamente o Feudalismo e o Absolutismo, o "primus inter pares" e o "l'Etat c'est moi"? Quem disse que era em simultâneo? Platão organizou os regimes e eu também tenho o meu pódio: em primeiro lugar a Teocracia; mas sei que o Homem é tentado, conforme escrevi acima, pela preguiça e pela ganância pelo que o menor dos males seria o Absolutismo. À falta de melhor venha o Feudalismo se bem que com tamanha multidão de poderes a estabilidade dos Povos vê-se ameaçada por cartéis espirituais, pseudo-intelectuais e materiais, senão repare-se que um dos grandes veículos dos Protestantismos ou do Iluminismo foi a Nobreza. Mas, mais uma vez, respeito o Feudalismo: quando não há capacidade de centralizar o poder valem mais os pequenos absolutismos do que a Democracia que é lixo.

O grande problema da teoria política é a vigilância dos poderes ("quem guardará os guardas?", adaptando o espírito da retórica), resolvido que está, acham, a questão da organização política das sociedades. Apregoa-se a descentralização e os regionalismos, exigem-se reformas administrativas profundas e os órgãos de soberania tornam-se feiras: meus caros, o mal não está na centralização mas sim na corrupção; e entre a corrupção e a centralização ainda está a ignorância do terreno. Por muito honesto que seja o nosso governante, no geral não sabe o preço do café... para bom entendedor meia palavra basta.

Compreendo o "bom selvagem" mas não suporto as teorias que defendem que o Homem é honesto até ser exposto à tentação: se é assim tão bom não devia ser mau, "a árvore boa dá bons frutos". Só em quem não tem a certeza naquilo em que acredita é que as tentações surtem efeitos.

Não gosto de Maquiavel e todos os dias tento convencer-me que o que ele escreve é mentira porque abomino que se exponha o mal dos outros em tão grande edital. Maquiavel ofende a Humanidade pela desabrida forma com que a acusa de deslealdade. Mas talvez este tenha razão. Vejamos um exemplo familiar de maquiavelismo político (atenção que maquiavelismo não é maldade mas sim teoria política de Maquiavel): o Estado Novo (já Pombal é maquiavélico não por seguir Maquiavel mas por ter sido um indivíduo maldoso). O professor António de Oliveira Salazar sabe que os seus seguidores podem ser tentados, desconfia da sua lealdade; até António Ferro conheceu isso, já para não falar de Aristides de Sousa Mendes, um homem da confiança de Salazar mas que desobedeceu às directivas. O Estado português era mais importante do que as relações entre os ministros e os homens do governo propriamente ditas; a população portuguesa precisava de confiar absolutamente no seu Governo e o concerto não podia desafinar por melhor que fossem as intenções pessoais. No maquiavelismo político não há "brainstormings" de gabinetes, não há originalidade e diversão, não há psicoterapia de grupo nem vitórias pessoais muito menos iniciativas particulares: há o Estado e os seus servidores.

Não gosto de Maquiavel porque quero discrição na crítica o que não mais é do que caridade e respeito pela imperfeição que nos pode tocar também. Mas reconheço-lhe todos os méritos políticos na sobrevivência do Estado e alguns dos seus intérpretes, como Salazar, souberam tornar-se mais discretos.

Mas ninguém me tira que se eu fosse muçulmano seria iraniano. Mas pela graça de Deus sou católico numa Europa secular, laica nas parangonas (melhor, anti-cristã), libertária e contrária à verdadeira liberdade.

A Liberdade é um estado espiritual e não físico e dependente do próprio, não de terceiros. Somos livres quando sabemos distinguir a bondade e a maldade de um acto suportando as respectivas consequências. Não somos livres quando fugimos às responsabilidades nem quando ignoramos o que fazemos.

Este é o nosso tempo por muito que idilicamente o rejeitemos. Provavelmente não conseguiremos fazer retornar o Feudalismo; dificilmente instalaremos o verdadeiro Absolutismo e ainda mais a Teocracia. Mas a utopia não é irrealizável.

Confio na honestidade do ser humano, a Teocracia só funcionará se não houver interesses pessoais nas chefias.

19 de fevereiro de 2012

Sobre as Palavras do Cardeal

aconselha-se a leitura do blogue Crónicas de uma peregrinação

"Por que deve ser a mãe a ficar em casa e não o pai?"
Para qualquer um que não se vergue à teoria (nunca comprovada) da igualdade de género, é óbvio que um bom pai jamais substitui uma boa mãe.

O que está, isso sim, comprovado, é que o vínculo materno é algo essencial para o bem-estar psicológico da criança de uma forma que mais nenhum vínculo (incluindo o paterno) consegue fazer. Remeto-vos para os estudos do Dr. Bowlby. Isto porque, enquanto o vínculo paterno é construído ao longo da vida da criança mediante um sentido de honra e responsabilidade (a afectividade tem de ser construída), o vínculo materno é estabelecido imediatamente após o parto com um pico hormonal (nomeadamente de occitocina) e é reforçado nos primeiros dias pós-parto com a experiência da amamentação. A partir daqui, a mãe será sempre insubstituível na criação e educação da criança.

Disclaimer: Não estou a dizer que o pai não tem um papel na criação e educação da criança. Limito-me a dizer que o seu papel é diferente e não é transacionável com o papel materno.